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Lección 10: Supervivencia en los Campos Nazis

Cuál fue el significado de la supervivencia humana en el campo de exterminio? ¿Acaso supervivencia significaba la pérdida de la naturaleza humana de uno mismo?

En esta lección presentaremos aspectos de las vidas de los prisioneros en los campos nazis. La mayoría de los tópicos a discutir se basarán en testimonios de ex prisioneros, principalmente de Auschwitz-Birkenau y en la investigación basada en estos testimonios.
Como hemos explicado en la Lección 5, en Auschwitz, así como en Majdanek, algunos de los deportados, mayormente hombres y mujeres jóvenes, sanos y fuertes, fueron seleccionados para vivir transitoriamente. El propósito de mantenerlos vivos fue el de usarlos en trabajos forzados, explotando su labor al servicio de la maquinaria nazi en las fábricas cerca del campo. Debe advertirse también que a diferencia de los campos de Reinhard (Belzec, Sobibor, Treblinka), que fueron destinados sólo para judíos, en Auschwitz Birkenau había también prisioneros de otras nacionalidades. En los campos de Reinhard los prisioneros que trabajaban, unos pocos cientos en un momento dado, no fueron puestos a efectuar trabajos forzados, ya que no había lugares de trabajo cerca de estos campos. Fueron usados sólo como parte de la operación del campo, es decir, el exterminio de los judíos. Después de un periodo de tiempo fueron muertos con gas y otros prisioneros tomaron su lugar, y el ciclo continuó.

Aquéllos que fueron seleccionados para vivir en Auschwitz Birkenau y Majdanek lentamente se dieron cuenta del destino de otros judíos, aquéllos que fueron enviados a las cámaras de gas al llegar. Les llevó un tiempo darse cuenta totalmente de esto, ya que muchas veces aquéllos enviados a ser muertos con gas eran familia y amigos, que habían viajado con ellos al campo y era muy natural aferrarse a alguna pequeña esperanza sobre su paradero. Además, las atrocidades que ocurrían eran incomprensibles y sin precedentes, y por lo tanto era difícil comprender la verdadera naturaleza del campo, y el destino de los parientes.

Después de comprender la realidad del campo, la constante amenaza de la muerte se convirtió en un elemento fundamental en la rutina diaria en Auschwitz. Los prisioneros se dieron cuenta de que fuerza de trabajo “barata” llegaba constantemente al campo, insinuando que la vida de los prisioneros no tenía valor ya que podían ser reemplazados en cualquier momento.

Los prisioneros eran despertados muy temprano por la mañana e inmediatamente después se pasaba lista. Contar los prisioneros al pasar lista se convirtió en una rutina terrible, ya que el número de hombres y mujeres cada vez que se pasaba lista debía coincidir con el número que aparecía en la lista en manos de los guardias de la SS. Esto significaba que el pasar lista podía durar unas horas mientras los prisioneros estaban parados en la nieve o bajo un sol ardiente, a menudo por horas, aterrorizados:

A las 04:00, teníamos que pararnos frente a nuestras barracas, cada barraca con sus ocupantes parados en largas filas. Y entonces comenzaba el contado. Nuestros superiores nos ordenaban ejercitarnos, pararnos firmes y en descanso, sacarnos nuestras gorras todos al mismo tiempo […] El jefe del bloque exclamaba el número de prisioneros y el miembro de la SS los contaba […] En caso que el número no coincidía con el número que él contaba, el miembro de la SS comenzaba a contar nuevamente, hasta que los números se ajustaban a sus listas.

Sinai Adler, In the Valley of Death (Heb.) [En el Valle de la Muerte (Hebreo)], Jerusalén, Yad Vashem, 1979, p. 12.

Viktor Frankl describe la mañana en el campo de la siguiente manera:

El momento más terrible de las veinticuatro horas de la vida del campo…cuando, a una hora aún nocturna, los tres soplidos agudos de un silbato nos arrancaban despiadadamente de nuestro sueño exhausto y de las nostalgias de nuestros sueños. Comenzábamos entonces la lucha con nuestros zapatos mojados, en los cuales a duras penas podíamos forzar nuestros pies, los que nos dolían y estaban hinchados de edemas. Y había los habituales gemidos y quejidos sobre problemas insignificantes, tales como el chasquido de los alambres que reemplazaban a los cordones. Una mañana oí a alguien, a quien conocía como valiente y digno, llorar como un niño porque finalmente debía ir descalzo a marchar en el suelo nevado, ya que sus zapatos habían encogido tanto que no lograba calzarlos.

Viktor Frankl, Man’s Search for Meaning [El Hombre en Búsqueda de Significado], Washington Square Press, Inc: Nueva York 1968, p.50

Los prisioneros en este dibujo están vestidos con el uniforme del campo, parados inclinados al alba. No brilla el sol, la nueva mañana es otra penuria rutinaria. Asomado cerca de ellos está el guardia de la torre. Sus caras están en blanco, sin expresión.

El Álbum de Auschwitz, la única evidencia visual del proceso del asesinato en masa en Auschwitz-Birkenau que ha sobrevivido, o por cierto de cualquiera de los campos de concentración, fue donado a Yad Vashem por Lilly Jacob-Zelmanovic Meier en 1980. Las fotografías en el álbum documentan el proceso completo que un grupo de judíos húngaros pasó al llegar a Auschwitz. Las fotografías fueron tomadas a finales de mayo o principios de junio de 1944, por Ernst Hofmann o Bernhard Walter, dos integrantes de la SS cuya asignación era tomar fotografías de identificación y huellas digitales de los prisioneros (no de los judíos que fueron enviados directamente a las cámaras de gas). El propósito del álbum no está claro. No estaba destinado a ser usado como propaganda, ni tiene un uso personal obvio. Se supone que fue preparado como referencia oficial para una autoridad más alta, tal como lo fueron álbumes fotográficos de otros campos.

Lilly, sobreviviente de Auschwitz, encontró el álbum en el día de su liberación del campo de concentración de Dora. Nunca escondió el álbum, e invitaba sobrevivientes que deseaban buscar sus familias en las páginas del álbum. La noticia de su existencia fue publicada muchas veces. Incluso fue invitada a testimoniar en los juicios de Auschwitz en Frankfurt durante los años sesenta. Lo conservó hasta que el famoso cazador de nazis Serge Klarsfeld la visitó en 1980, y la convenció de donar el álbum a Yad Vashem.

Hay 56 páginas y 193 fotografías en el álbum. Algunas de las fotografías originales faltan, posiblemente aquéllas entregadas por Lilly a sobrevivientes que habían identificado parientes en las fotografías.

Para información adicional sobre él y para ver el Álbum de Auschwitz, pulse aquí.

Después de llamado de lista, los prisioneros se separaban en diversos grupos de trabajo y se iban a sus trabajos asignados. Como se ha explicado arriba, Auschwitz era un conglomerado enorme que contenía unos cuarenta campos secundarios. Algunos contenían sucursales de compañías alemanas que se habían dado cuenta de los beneficios de utilizar los prisioneros como fuerza de trabajo no paga. La más conocida de esas compañías era I.G. Farben, que estaba ubicada en el pueblo de Monowitz, adyacente a Auschwitz y conocido como Auschwitz III. La compañía desarrollaba la producción de nafta sintética del carbón y goma sintética (Buna). El gas Zyklon B, usado para matar judíos en Auschwitz Birkenau, era un producto de Degesch, una compañía de la cual IG Farben poseía una gran parte. En el dibujo de arriba se puede ver la escritura a la izquierda de la imagen: I.G. Farben

Otros prisioneros trabajaban en minas o instituciones locales para la máquina de guerra alemana. Algunos de los prisioneros trabajaban en el mismo campo, manteniendo sus servicios. Estas tareas eran muy codiciadas, ya que, siendo dentro del mismo campo, involucraban mayormente trabajos de interior y les daba a aquéllos que los hacían la posibilidad de conseguir comida extra. A la vez, trabajar fuera del campo permitía entrar en contacto con población local, y en las fábricas los prisioneros tenían también algunas ventajas.

La imagen siguiente representa tipos de trabajo en Auschwitz:

El dibujo de arriba por Thomas Geve, quien fue transportado a Auschwitz (y luego a Buchenwald) a la edad de trece años. Él dibujó sus ilustraciones después de la liberación. El dibujo de arriba se llama (en alemán, escrito verticalmente en el lado derecho): “Y Entonces Trabajamos”. Se ven los diversos tipos de trabajos forzados, así como la constante presencia del guardia nazi con un látigo.

El dibujo siguiente por Geve muestra las diversas formas de miedo y ansiedad con los que los prisioneros se encontraban constantemente:

La falta de comida fue un compañero constante. Las raciones diarias eran exiguas y la inanición y la enfermedad eran muy habituales. Teniendo como objetivo humillar a los prisioneros en cada oportunidad, la comida también era distribuida de manera degradante. También eran muy comunes los golpes y a veces la tortura bajo cualquier pretexto.

Batsheva Dagan, una ex prisionera de Auschwitz, que ahora vive en Israel, escribe sobre sus experiencias en el campo, cada episodio descrito en cortas líneas de poesía:

No Sólo de Pan Vive el Hombre

Esperamos en la cola
A que llegue nuestro turno
Mientras el pan era distribuido
Dos hogazas para ocho
Un cuarto para cada uno,
Esperábamos con ojos ansiosos.

Yo era aquél
Elegido por los demás
Para distribuir las porciones
En partes iguales,
Ni más ni menos,
Sin hacer trampas ahora, ser justo.

Con manos temblorosas
Hice esta tarea,
Siete pares de ojos vigilantes
Que me siguieron,
Cada corteza, cada miga –
Con pan, el hombre sobrevive.

Batsheva Dagan, Imagination, Blessed Be, Cursed Be [Imaginación, Bendito Seas, Maldito Seas], Glasgow, Omnia Books Ltd, p.21.

Generalmente se piensa que el frío invierno era el peor clima para un prisionero en el campo, ya que la falta de ropa suficiente significaba que no estaban vestidos adecuadamente. Los testimonios muestran que los veranos, sin embargo, no eran menos terribles:

“Agosto de 1944 fue muy caliente en Auschwitz. […] Mi escuadra había sido enviada a un sótano para limpiar escombros de yeso, y todos sufríamos de sed: un nuevo sufrimiento, que fue agregado, sin duda, multiplicado por la vieja hambre. No había agua potable en el campo o a menudo en el sitio de trabajo tampoco; en esos días no había agua tampoco en el baño, imposible de beber pero suficiente buena para refrescarse y limpiarse del polvo.”

Primo Levi, The Drowned and the Saved [El Ahogado y el Salvado], Londres: Abacus, 1989, p. 79.

Primo Levi, que nació en Torino, Italia, en 1919, era un farmacéutico. Fue deportado a Auschwitz en 1944. Mientras estaba en Auschwitz trabajó en la planta de IG Farben Buna-Monowitz. Después de la liberación escribió extensivamente sobre su estada en el campo, y sus libros son una gran contribución al estudio de los campos nazis y el destino de los seres humanos en ellos.

El régimen nazi usó la privación de las necesidades fisiológicas más comunes para causar la peor clase de humillación.

“[…] Nuestra mente debería ocuparse no sólo del asesinato y del sufrimiento en esos campos, sino también el elevado nivel al cual llevaron el arte de la humillación por medio del control que ejercían sobre la gente a través de sus necesidades fisiológicas […]”

Yehuda Bauer, Rethinking the Holocaust [Repensando el Holocausto], Yale University Press, 2001, p. 267.

Por lo tanto, los prisioneros estaban obligados a buscar más comida, un mejor lugar para descansar a la noche o un trabajo más fácil. La manera más fácil de asegurarse más comida era negociarla. Cualquier cosa encontrada o robada tenía valor, y la comida era el artículo de consume más buscado. Viktor Frankl, por ejemplo, describe el trueque de un cigarrillo “por una taza de sopa aguachenta que tenía al menos el olor a carne ahumada” (Viktor Frankl, “Recollections” [Recuerdos], Insight Books, Plenum Press, Nueva York and London: p.95). Los prisioneros a menudo robaban unos de otros y el robo se convirtió en una práctica común y aceptada en el campo; “si encuentro una cuchara tirada, un pedazo de cordel, un botón que puedo conseguir sin peligro o castigo, los meto en el bolsillo y los considero míos por pleno derecho” (Primo Levi “If this Is A Man” [Si Este es un Hombre] Nueva York: The Orion Press, p.33). Los prisioneros aprendieron a conservar sus pertenencias con ellos todo el tiempo. El robo significaba que alguien estaba más severamente privado. De esta manera muchos prisioneros actuaron de maneras que los convirtieron en menos humanos, a veces incluso bestiales:

“Tal vez el mayor crimen que los “superhombres” cometieron contra nosotros fue su campaña, a menudo exitosa, de convertirnos a nosotros en monstruosas bestias”

Olga Lengyel, Five Chimneys [Cinco Chimeneas], A Panther Book, 1963, p.219.

Las condiciones deshumanizantes se comprobaron como perjudiciales psicológicamente. Jean Amery describe la pérdida fundamental de la fe:

“No sé si la persona golpeada por la policía pierde dignidad humana. Sin embargo estoy convencido que con el primer golpe, él pierde algo que tal vez llamaremos temporalmente “fe en el mundo.” Fe en el mundo incluye muchas cosas: por ejemplo, la creencia irracional e injustificable lógicamente en causalidad absoluta tal vez, o la igualmente ciega creencia en la validez de la inferencia inductiva. Pero más importante – como un elemento de fe en el mundo, y en nuestro contexto, lo que es solamente relevante – es la certeza, de que por causa de contratos sociales escritos o no escritos, la otra persona me va a perdonar la vida – más precisamente expresado, que respetará mi existencia física y con ella la metafísica. Los límites de mi cuerpo son también los límites de mi persona.”

Jean Amery, At the Mind's Limits: Contemplations by a Survivor on Auschwitz and its Realities [En los Límites de la Mente: Contemplaciones de un Sobreviviente de Auschwitz y sus Realidades], Indiana University Press Bloomington, 1980, p. 28.

Primo Levi:

[…] Entonces por primera vez no dimos cuenta de que nuestro lenguaje no tiene palabras para expresar este delito, la demolición de una persona. En un momento, con una intuición casi profética, la realidad se nos reveló: habíamos alcanzado el fondo. No es posible hundirse más bajo que esto, ninguna condición humana es más mísera que esto, ni se podía concebir que fuera así. Nada nos pertenece ya; nos han sacado nuestra ropa, nuestros zapatos, incluso nuestro cabello; si hablamos, no nos escuchan, y si escuchan no comprenderán. Nos sacarán incluso nuestro nombre: y si deseamos conservarlo, deberemos encontrar en nosotros mismos la fuerza para hacerlo, para conseguir de alguna manera que detrás del nombre algo de nosotros aún permanecía, de nosotros así como fuimos.

Primo Levi, If This Is a Man [Si Este es un Hombre], New York: The Orion Press, 1959, p. 21.

Al mismo tiempo, hubo también muchos actos de empatía, favor y participación de lo poco que había. Esta puede ser la explicación de la frase de Jorge Semprún: Vivimos en la hermandad de la muerte (Jorge Semprún, capturado en Francia como miembro de la Resistencia, fue prisionero político en el campo de concentración de Buchenwald). Esta capacidad de algunos de los prisioneros de mantener una pizca de humanidad a pesar de su condición fue también una manera de sobrevivir en Auschwitz Birkenau y en otros campos. Esto significaba compartir no sólo cosas materiales, sino también recursos mentales. Significaba preservar y cuidar los valores de uno a pesar de las duras condiciones en el campo. Significaba retener un grado de esperanza incluso cuando ya no la había, y mantener algún tipo de conexión mental con el mundo exterior, más allá de las vallas y los guardias.

Memorias de ex prisioneros de Auschwitz se refieren a estas facetas de la vida allí, y cada una proporciona una respuesta variante a la cuestión de la supervivencia.

Por otra parte, Primo Levi escribe:

“Muchos camaradas nos felicitaron; primero de todos Alberto, con genuina alegría, sin una sombra de envidia. Alberto no tiene nada contra mi suerte, él realmente está muy satisfecho, tanto por nuestra amistad como porque él también ganará por ello. De hecho, ahora los dos estamos ligados por un estrecho lazo de alianza, por la cual cada desecho “organizado” es dividido en dos partes estrictamente iguales.”

Primo Levi, If This is a Man [Si Este es un Hombre], Nueva York: The Orion Press, 1959, p. 163.

Por otro lado, Levi describe otros tipos de comportamiento con relación a la superviviencia., enfatizando que no todos fueron capaces de retener alguna humanidad a pesar de su humildad y privación:

“Schepschel no es muy robusto, ni demasiado valiente, ni muy malvado… ni ha encontrado un método que le permita un pequeño respiro, pero todo lo que hace son pequeños y ocasionales recursos, “kombinacje” como se los llama aquí. De vez en cuando roba una escoba en Buna y lo vende a Blockaltester, y cuando consigue reunir un pequeño capital-pan, alquila las herramientas del zapatero remendón de la manzana, su compatriota, y trabaja por su cuenta por unas horas […]. Pero Schepschel no es una excepción, y cuando la oportunidad apareció, no vaciló en dejar que Moischl, su cómplice en el robo de la cocina, condenado al azote, con la errónea esperanza de agradarle al Blockaltester (el miembro más viejo de la manzana) y fomentar su candidatura para el cargo de Kesselwascher, “el lavador de tinas”.

Primo Levi, If This is a Man [Si Este es un Hombre], Nueva York: The Orion Press, 1959, pp. 106-107.

Batsheva Dagan escribe sobre un regalo de cumpleaños que recibió de su amiga en Auschwitz. El regalo consistía en una parte del pan asignado a su amiga, que renunció a él para la ocasión, un pequeño trozo de fiambre que logró encontrar, y un dibujo de una fiesta, una mesa llena de manjares. En conjunto, ella documenta la especial amistad que se desarrollaron entre algunos de los prisioneros, en su mayor parte aquéllos que fueron capaces de mantener su humanidad a pesar de la constante humillación que les era infligida.

El poema siguiente por la poetisa polaca, Wislawa Szymborska resume la cuestión de la supervivencia así como fue percibido por muchos sobrevivientes del Holocausto:

PODRÍA HABER

Podría haber pasado.
Ha pasado.
Pasó más temprano. Más tarde.
Más cerca. Más lejos.
Pasó, pero no a ti.

Te salvaste porque fuiste el primero.
Te salvaste porque fuiste el último.
Solo. Con otros.
A la derecha. A la izquierda.
Porque llovía. Porque había sombra.
Porque el día era soleado.

Tuviste suerte – había un bosque.
Tuviste suerte – no había árboles.
Tuviste suerte – un rastrillo, un gancho, una viga, un freno,
Una jamba, una vuelta, un cuarto de pulgada, un instante.
Tuviste suerte – justo en ese momento pasó una paja flotando.

Como resultado, porque, aunque, a pesar de.
Qué hubiera pasado si una mano, un pie,
Cerquísimo, mínima distancia de
Una coincidencia desafortunada.

¿Así que estás aquí? ¿Aún mareado por otra evasión, salvación por milagro,
indulto? ¿Un agujero en la red y te colaste inadvertidamente?
No podría estar más conmocionada o estupefacta.
Escucha,
Como tu corazón palpita dentro de mí.
Wislawa Szymborska, Poems New and Collected [Poemas, Nuevos y Recopilados], Harcourt, San Diego, p. 111.

Liberación

La guerra en Europa terminó en mayo de 1945. Los campos fueron liberados durante los meses anteriores y a primera vista podríamos asumir que la liberación después de todo ese sufrimiento fue un momento de gran regocijo e incluso felicidad. Sin embargo, las inmensas dificultades y el dolor de los prisioneros sobrevivientes presentaron la realidad siguiente.

“Al final, así como lo fue al comienzo, la situación de los judíos fue diferente a la de los otros... El día de la victoria de Europa se bailaba en las calles en Nueva York. En Moscú se dispararon los cañones. No había bailes en los campos, sin embargo. Para muchos prisioneros la liberación llegó demasiado tarde, sus fuerzas les fallaron después de los largos años de sufrimiento. Miles murieron por comer en exceso. Se estima que alrededor de 20.000 judíos prisioneros en campos en Alemania murieron en las primeras semanas después de la liberación... Para muchos, su primer encuentro en años con un espejo fue una experiencia dolorosa. Algunos tuvieron que aprender de nuevo a comer con cuchillo y tenedor sentados a una mesa debidamente puesta. Su fe en la humanidad estaba viciada, y miraban a su alrededor con profunda sospecha. Este sentimiento acompañaría a muchos de ellos en las futuras décadas, pero en las primeras semanas tenía un efecto sustancial en cómo hacían frente a su Nuevo entorno, con la vida después de los campos. Las habilidades que les habían permitido sobrevivir no siempre eran relevantes para su rehabilitación. Los sobrevivientes habían perdido a todos los que conocían y no habían podido tomar el tiempo para asimilar su pérdida. Sólo después de la liberación pudieron comenzar a enfrentarse con la enormidad del desastre. La historia de las primeras semanas o meses entre la liberación y el retorno a las ruinas no es de modo alguno optimista. No sólo es el comienzo de una nueva vida después del desastre, sino también el último capítulo de ese desastre. Es cierto, el círculo está cerrado en este fragmento de tiempo. Después de años de agobio físico y terror, los sobrevivientes fueron forzados a aceptar, finalmente, la pérdida de su mundo. La conciencia de ello no pudo seguir difiriéndose; era imposible continuar escondiendo detrás del hambre o el miedo de lo que pasaría el día siguiente. Ahora ellos debían decir adiós a sus padres, cónyuge, hijo, hogar, pueblo, a su mundo y a su identidad. La historia de la liberación no es el buen final de la mala historia, es una historia dura en sí misma. Es la exitosa conclusión de la lucha por la supervivencia física pero el comienzo de una lucha mental más prolongada”.

Yehudit Kleiman, Nina y Shpringer -Aharoni, (editores.), The Anguish of Liberation [La Angustia de la Liberación], Jerusalén: Yad Vashem, 1995, pp. 3-7.

El Testimonio de Eva Braun

Eva Braun nació en 1927 en Eslovaquia. Fue deportada a Auschwitz Birkenau y luego a los campos de Reichenbach, y trabajó allí en fábricas. Fue liberada por el ejército Americano en 1945.
Ella recuerda:

"Nos despertamos a la mañana y había un silencio absoluto en todas partes. La torre de vigilancia estaba vacía. Los hombres de la SS habían desaparecido. De pronto escuchamos un ruido que venía del camino. Estábamos muy débiles.
Estábamos sentadas cerca de la manzana. No podíamos movernos, pero algunas de las chicas se aventuraron afuera. Tanques y coches se aproximaban. Podíamos escucharlos. Estábamos aterrorizadas de que los alemanes estuvieran volviendo. Y entonces alguien gritó que eran americanos. Los americanos entraron y nos liberaron.
...Era la libertad. Estábamos eufóricas. Los miembros de mi grupo estaban muy débiles para salir y dar la bienvenida a los soldados. Era demasiado para nosotras. Estábamos agotadas, exhaustas, no podíamos movernos. Aún así, todas salieron hacia los soldados y ellos nos dieron sus paquetes de raciones. Nos advirtieron de no engullir demasiado, ya que eso nos mataría. Gradualmente nos pusimos de pie y nos adelantamos para recibir un poco de comida.
Durante toda la guerra habíamos rezado por la liberación, y aquí estaba de pronto. ¡Eres libre! Pero después de digerir la idea de la libertad me di cuenta que en realidad todo el tiempo había estado esperando ver a mi padre, e incluso me había atrevido a esperar que posiblemente viera a mi madre, a pesar de todo. Yo sabía en mi interior que esto era casi completamente fantasioso, pero estaba segura que vería a mi padre. Pero aún, había dudas, y comencé a entender que eso podría dejar de suceder. Cuando me enteré de la libertad, tuve también mucho miedo. ¿Qué podríamos encontrar? Habíamos sobrevivido, y debíamos retornar a la civilización, pero ¿cómo se comporta uno en un mundo normal? Éramos dos jóvenes muchachas que no tenían nada. ¿Quién cuidaría de nosotras? ¿Que podríamos hacer?
Había excitación, pero nuestros sentimientos estaban mezclados. Teníamos miedo. Es difícil describir y explicar estas sensaciones de miedo y alegría simultáneos. Esa era nuestra nueva etapa. Ahora, después de la liberación, ¿qué es lo que íbamos a hacer? No teníamos nada. Teníamos miedo de que no nos haya quedado nadie en el mundo.
Necesitábamos alguien que nos cuide y se preocupe por nosotras. Y en gran medida yo cuidaba a mi pequeña hermana y otra chica. Más que nada quería alguien que me cuide y me libere de la carga de ocuparme de las chicas, de modo tal que yo no tuviera que ser responsable, de modo tal que yo estuviera bajo la protección de un adulto. Es muy difícil de explicar, pero quería alguien que me cuidara, quería alguien en quien apoyarme. Resultó que la libertad es en alto grado relativa.
La preocupación sobre el futro me abrumaba. Debíamos construir nuestro futuro, pero ¿cómo uno se construye un futuro?"

Kleiman, Yehudit y Springer-Aharoni, Nina, The Anguish of Liberation [La Angustia de la Liberación], Jerusalén: Yad Vashem, 1995, pp. 45-46.