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Salvación a manos de los Justos

Una minoría pequeña y valerosa de los habitantes, reconocidos por Yad Vashem como Justos de las Naciones, arresgaron sus vidas para salvar judíos, esconiéndolos en sus hogares, suministrándoles documentos falsos y ayudándoles a escapar. En contraste a sus acciones, la mayoría era indiferente e incluso hostil hacia los judíos.
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“… creo que es a Lorenzo a quien debo el estar hoy vivo; y no tanto por su ayuda material como por haberme recordado constantemente con su presencia, con su manera tan llana y fácil de ser bueno, que todavía había un mundo justo fuera del nuestro, algo y alguien todavía puro y entero, no corrompido ni salvaje, ajeno al odio y al miedo; algo difícilmente definible, una remota posibilidad de bondad, debido a la cual merecía la pena salvarse.”

Primo Levi describe a su salvador, Lorenzo Perrone, Justo de las Naciones

La actitud hacia los judíos durante el Holocausto iba desde la indiferencia a la hostilidad. La mayoría observaba a sus vecinos cómo eran reunidos y deportados; algunos colaboraron con los perpetradores; muchos se beneficiaron de la expropiación de las posesiones de los judíos. Pero en ese mundo moralmente colapsado hubo una pequeña minoría que reunió un valor fuera de lo común para mantener en alto valores humanos. Los llamamos los Justos de las Naciones.

A menudo se trataba de un proceso gradual, en el que los salvadores se iban involucrando cada vez más en la ayuda a judíos perseguidos. Aceptar esconder a alguien durante una redada o reunión, suministrar refugio por algunos días hasta que se pudiese encontrar algo mejor, podía llegar a convertirse en un rescate que duraba meses e incluso años.

El precio que los salvadores pagaban por sus acciones variaba de un país a otro. En Europa oriental los alemanes ejecutaban no sólo a quienes daban refugio a judíos sino también a sus familias. Carteles de advertencia a la población contra la ayuda a judíos se exhibían por todas partes. Por lo general el castigo era más leve en Europa occidental, aunque también allí las consecuencias podían ser sumamente graves y algunos de los Justos de las Naciones fueron encerrados en campos de concentración y asesinados. Más aún, al ver el trato brutal propinado a los judíos y la determinación que los perpetradores invertían en la caza de cada uno de ellos, la gente debía inferir que sufrirían enormemente si intentaban proporcionar ayuda a los perseguidos. En consecuencia, salvadores y salvados vivían bajo el temor constante de ser capturados; existía siempre el peligro de la delación por parte de vecinos o colaboracionistas.

Hasta 2013 Yad Vashem ha reconocido a 24811 Justos de 47 países y nacionalidades; entre ellos hay cristianos de todas las denominaciones, musulmanes y agnósticos, hombres y mujeres de todas las edades. Provienen de todos los sectores de la sociedad: personas con educación superior y campesinos analfabetos; figuras públicas y marginados sociales; gente de la ciudad y habitantes de los parajes más remotos de Europa; profesores universitarios, maestros, médicos, sacerdotes, monjas, diplomáticos, obreros, sirvientes, combatientes de la resistencia, policías, campesinos, pescadores, el director de un zoológico, el propietario de un circo, y muchos más.

Las principales formas de ayuda extendida por los Justos de las Naciones:

Ocultamiento en la casa o en una propiedad del salvador

En las zonas rurales de Europa oriental se cavaba zulos, comúnmente llamados búnkeres, bajo las casas, establos y graneros, en los cuales los judíos eran ocultados de la vista de extraños. Además de la amenaza de muerte que blandía sobre sus cabezas, las condiciones de vida en lugares oscuros, carentes de aire y hacinados por largos periodos hacían insoportable la vida de los perseguidos. Los salvadores, cuyas vidas también corrían peligro, debían suministrar comida –una empresa nada fácil para familias pobres en época de guerra- y velar por todas las necesidades de sus protegidos. Los judíos eran también escondidos en áticos, escondrijos en los bosques y en cualquier sitio que podía proveer refugio y ocultación, tales como cementerios, cloacas, jaulas de animales en un jardín zoológico, etc.

A veces los judíos escondidos eran presentados como no judíos, parientes o hijos adoptivos. También eran ocultados en apartamentos en la ciudad; niños eran colocados en conventos, en los cuales las monjas encubrían su verdadera identidad. En Europa occidental eran escondidos usualmente en casas, granjas y conventos.

Por medio de documentos falsos e identidades asumidas

Para que pudiesen asumir la identidad de no judíos los fugitivos necesitaban documentos y ayuda para establecer su existencia. Los salvadores en esos casos solían ser falsificadores o funcionarios que confeccionaban documentos falsos, sacerdotes que falsificaban certificados de bautismo, o algunos diplomáticos extranjeros que emitían visados o pasaportes en contravención a las instrucciones y políticas de sus países. Diplomáticos emitieron a fines de 1944 en Budapest documentos de protección y colgaron las banderas de sus países sobre edificios enteros para colocar a los judíos allí alojados bajo la inmunidad diplomática de sus países. Algunos salvadores alemanes, como Oskar Schindler, usaron pretextos para proteger a sus empleados de la deportación, alegando que el ejército necesitaba a los judíos para el esfuerzo bélico.

Contrabando y asistencia para la fuga

Algunos salvadores ayudaban a los judíos a pasar de áreas muy peligrosas a otras menos riesgosas. Contrabandeaban judíos fuera de los guetos y prisiones y los ayudaban a cruzar la frontera de países no ocupados o zonas donde las persecuciones eran menos intensas, tales como la neutral Suiza, regiones controladas por Italia desde donde no había deportaciones y Hungría antes de la ocupación alemana en marzo de 1944.