La Escuela Internacional para el Estudio del Holocausto

La Infancia durante el Holocausto según el libro de Shalom Eilati, Cruzar el Río[1]
Enfoque histórico y pedagógico

Actividad para la escuela superior


El autor, un niño de ocho años de Kovno, Lituania, describe la realidad de tres años de encierro en el gueto, sus experiencias cotidianas y las actividades culturales y educativas, según la visión de un niño despierto y curioso, con una memoria que sorprende por su agudeza.

Introducción

La época del Holocausto le robó a los niños su infancia, según la definición que le damos a esta etapa durante una vida normal: es la época de la inocencia, la alegría, el amor, los estudios y de protección por parte de los adultos. Los niños del Holocausto se vieron expuestos a una realidad de hambre, enfermedades, humillación, desprecio y muerte. Se les negó el amor de los padres y la familia, la educación y los conocimientos, los juegos y la esperanza.
La mayoría de ellos vio el derrumbe del mundo que conocían y la impotencia de quienes, en el pasado, habían sido sus protectores naturales y los mediadores entre ellos y el mundo. Frecuentemente debían reponerse más rápido de lo esperado y asumir la pesada responsabilidad de su destino y el de su familia. Muchos de ellos debieron enfrentarse solos a las dificultades que les impuso la guerra.
En función de esto, aparece la pregunta acerca de si es posible hablar de infancia durante el Holocausto ¿Dónde terminaba la infancia? ¿Había lugares y momentos en los que se podían hallar vestigios de infancia con características normales, en la medida de lo posible, o sí había una infancia diferente?
Otras preguntas son si los niños y los adultos vivieron el Holocausto del mismo modo ¿Sus experiencias y el modo de interpretar y ver su mundo derrumbarse eran las mismas? ¿Hay algo que caracterice a los niños en el Holocausto diferente de los adultos?

Estas preguntas se analizarán mediante una de las muchas fuentes que existen en el sitio de Internet de Yad Vashem. Esta fuente, el libro de Shalom Eilati, “Cruzar el Río”, nos abre una ventana al mundo de los niños en los tiempos del Holocausto.

Shalom (Kaplan) Eilati nació en Kovno, Letonia, en el año 1933 de madre enfermera y poetisa y padre maestro y escritor. Hermano de Tzipora, menor que él por varios años. En 1941 fue encerrado con su familia en el gueto, resistió a las diversas acciones y en 1944 se escapó solo, por iniciativa de su madre, y se salvó. Su madre y su hermana murieron. Su padre, que hacía trabajos forzados fuera del gueto, se salvó y se reencontraron después de la guerra. Eilati llegó a Israel en 1946 y formó una familia. Es agrónomo, guía de turismo y publicista.

Veremos de qué manera es posible hacer un uso educativo del libro, teniendo en cuenta el nivel emocional y cognitivo de los estudiantes. El análisis de estas preguntas por medio de un diario personal que cuenta la historia de un niño y su familia, es afín a la concepción educativa de la Escuela Central para la Enseñanza del Holocausto de Yad Vashem. En el marco de esta perspectiva, hacemos hincapié en la personalidad del hombre durante el Holocausto y en la importancia del uso de medios interdisciplinarios para la enseñanza del Holocausto.

Bandas de niños en el gueto

En uno de los párrafos del libro, Eilati describe el grupo de niños que se formó en el gueto. Presten atención a las palabras que escoge para describir las experiencias de los juegos de niños en el gueto, y las sensaciones de un niño que desea ser parte de la banda.

Traten de pensar si en la descripción hay evidencias de una infancia con características normales

Aparentemente teníamos tiempo para estar abrumados y ese tiempo se llenaba con mucha acción. No recuerdo esa época como holgazanería aburrida. La mayor parte del día estaba con mis amigos Arek y Meimek y sus amigos. Cuando el clima era bueno y las circunstancias lo permitían, estábamos afuera. Fue la época más grande de juegos. Los días fríos, lluviosos o “no buenos”, estábamos en alguna de las casas. En invierno construíamos hombres de nieve y hacíamos guerras de bolas de nieve como cualquier niño del mundo (…) Improvisábamos trineos hechos de maderas de la calle, apoyados sobre dos vigas angostas, alisadas por debajo. Nos deslizábamos en ellas, empujándonos, en todas las direcciones posibles. Una atracción especial tenían los grandes pozos cavados que encontrábamos en varios terrenos, y uno de ellos, especialmente escarpado, se convirtió en el sitio de deslizamiento preferido y peligroso (…).
Entre los juegos de mesa que jugábamos durante días no sólo estaban el ajedrez y las damas, el monopolio y las cartas, también hacíamos otras competencias, y la victoria en alguna de ellas ayudaba a ubicarte en la escala social. Para mi suerte fue pareja la competencia de preparar la lista más larga de nombres de libros, de lugares o cosas que comenzaban con una letra determinada. Yo quería tener éxito dentro de la banda de Arek y Meimek, y en ese tipo de competencias podía demostrar mi fuerza. Y cuando no alcanzaban mis conocimientos, no dudaba en utilizar el tomo del periódico infantil que había en casa, o el anuario de la Sociedad Histórica Etnográfica, y copiar con vehemencia los nombres que comenzaban con la letra solicitada. Con Arek, Meimek y su banda descubrí el mundo. Este era un grupo de “chicos buenos”, muy despiertos, una banda activa y efervescente. Las cosas nuevas para mí – ellos ya las sabían (…). Aparentemente no había nada que les pasara inadvertido y no había un lugar más seguro que en su compañía. Recién últimamente descubrí el secreto de su relativa sabiduría, que a mis ojos era inmensa – la mayoría era mayor que yo por uno o dos años, cosa que no supe hasta que Ruhama me lo contó. En verano jugábamos a todo tipo de juegos de pelota, aunque pelotas de verdad eran algo no muy común (…) y cuando no se podía jugar al fútbol afuera, y estábamos cansados del ajedrez, apareció un juego nuevo – el fútbol de mesa con botones. (Y ese era) el fútbol – botones que inventamos y desarrollamos niños de 10 – 13 años del gueto Kovno. (…) Había partidos locales y de liga, y el público se entusiasmaba alrededor del tablero que acompañaba el juego”.
[2]
Lo resaltado no figura en el original.

Eilati utiliza expresiones que acercan al lector a un mundo infantil con características normales: los niños del gueto jugando y haciendo travesuras; se reconoce la importancia y lo fundamental del “grupo de pares” a los ojos de un niño entrando en la adolescencia, y aunque los límites físicos los encierran, las órdenes de los alemanes les hacen la vida difícil y el hambre y el frío son opresivos – las conversaciones de la banda cruzan los límites del pequeño mundo en el que viven.
Para describir el mundo infantil en el gueto, Eilati utiliza palabras que confunden al lector: en la superficie describen una infancia de características normales, pero por debajo de la superficie, con palabras suaves y con finas sugestiones, nos descubre la cruel realidad de la vida de los niños en el gueto, realidad en la que sólo aparentemente la vida continúa y se desarrolla dentro de un espacio cerrado y encerrado que desconecta a las personas que están dentro, del mundo que los rodea; una realidad en la que los adultos se debilitan debido a las órdenes de los alemanes y que sin embargo abre a los niños un mundo de libertad forzosa; una realidad de juegos de trineos y pelota pulidos improvisados, que sólo hace más significativa la diferencia entre la sensación de ser “niños de todo el mundo” frente a la idea retrospectiva del destino que les espera a los niños judíos; una realidad en la que lo más importante para un adolescente es ser “héroe” y líder social, parte de una banda de jóvenes que nadie iba a poder con ellos (“no había lugar más seguro que su compañía”) salvo aquellos “días malos”, por ejemplo días en los que los alemanas realizaban acciones para deportar a los judíos a un “nuevo asentamiento en el este”, deportación para su exterminio. La diferencia entre el punto de vista de Eilati adulto y el de Eilati niño, resalta el hecho de que a pesar que tanto a adultos como a niños les fue impuesta una época caótica, se puede ver que no vivieron el Holocausto del mismo modo, y que sus vivencias e interpretaciones de la realidad, eran diferentes.

Cambio de roles entre adultos y niños en el gueto

A pesar de que las vivencias e interpretaciones de niños y adultos eran diferentes, no hay duda del tremendo golpe que cayó sobre los padres en particular y sobre los adultos en general. Niños y adultos tuvieron que vivir, durante el Holocausto, el derrumbe del mundo que conocían, pero los adultos, cuya experiencia de vida debía haberlos ayudado en circunstancias normales, quedan impotentes frente al hecho de que el Holocausto no se parecía, con toda su confusión, a la historia conocida. Todo análisis racional de las situaciones a las que se enfrentaban, se hizo en el marco de un mundo en el que las posibilidades de elección se hachicaban cada vez más, hasta que se convirtieron, principalmente en las etapas de la “solución final”, en “elecciones sin elección”, en donde cada elección hecha era escoger el “mal menor”.

Una de las situaciones más difíciles con las cuales adultos y niños debieron enfrentarse fue la dolorosa afrenta que inflingían los alemanes al principio no escrito según el cual los adultos debían proteger a los niños, el fuerte al débil. Padres e hijos se vieron obligados a vivir un cambio de roles entre ellos. En el siguiente párrafo Eilati describe una de las experiencias más frecuentes en la diaria realidad durante el Holocausto. Una realidad en la que los niños se convierten en los que mantienen a la familia:

“Los primeros días de limitación en la venta de alimentos a los judíos fueron para nosotros los niños días de nostalgia, especialmente para aquellos que no tenían una apariencia de judíos muy marcada. Por falta de alternativa mis padres se vieron obligados a utilizar mi ayuda, tenerme como socio valioso. Apenas veía que a la carnicería de enfrente llegaba mercadería, que se repartía entre las tiendas de la ciudad, salía una, dos y hasta tres veces, a intervalos, y compraba toda la cuota que se vendía. De la carnicería de al lado de casa corría a las otras tiendas de alrededor, sin alejarme demasiado, y compraba allí también todo lo que podía. Así fue que gracias a mis corridas, en esos días hubo en nuestra mesa diversos alimentos y fiambres que no se veían en casa aún en tiempos normales, todo lo que se podía comprar con dinero soviético que todavía circulaba... Por apenas una hora me convertí en el sostenedor de la familia y mi orgullo no tuvo límite. Sin embargo rápidamente el hecho se volvió demasiado peligroso y mi corta gloria terminó” [3]
Lo resaltado no figura en el original.

Según ocurre en otros muchos casos durante el Holocausto, el traslado al gueto ocasionará un cambio en las funciones familiares: muchachos y muchachas, y también niños y niñas que vieron la humillación y la impotencia de sus padres, asumieron, así como Eilati, la responsabilidad de mantener a la familia. El tamaño y la velocidad de los niños; la idea de que en el paso a la zona “aria” fuera del gueto no iban a ser sospechosos de contrabando por su corta edad; la esperanza de que en el caso de ser atrapados, se despertaría la piedad de los alemanes; el hecho de que parte de ellos, especialmente los más pequeños, no conocieron o no recuerdaban otra realidad fuera del gueto – llevó a que parte de los niños y jóvenes se ocuparan del contrabando de comida –. Muchos de ellos perdieron la vida en esas circunstancias. Difícil es decidir si los llamamos “niños” o “jóvenes” ya que por su edad y en circunstancias normales, serían considerados “niños”, pero en estas circunstancias de guerra debieron madurar. Escogimos seguir llamándolos “niños”, resaltando la diferencia entre su edad y las vivencias, la realidad y las dudas con las que cargaban.
Eilati reconoce que sus padres no estaban interesados en su ayuda, pero él asumió el rol de un adulto con alegría. No detalla aquí por qué sus padres no quieren su ayuda, pero de las palabras que escoge para describir sus emociones de aquellos días, nos queda claro – y también a sus padres, que más tarde no le permiten continuar con el contrabando – que Eilati no es conciente de la magnitud del peligro que significan esas actividades, y lo toma como si fuera una aventura acompañada de gloria. En este párrafo también se puede ver que para el niño la nueva realidad implica un cambio (bienvenido, por el momento) en la posición y en la forma en la que lo consideran los adultos que lo rodean. Con esto, se aprecia que no es lo suficientemente adulto como para entender las dolorosas proyecciones de este cambio.

Encuentro entre educación para los conocimientos y los en valores y la realidad existente en el gueto

Este cambio de roles trajo consigo otra confrontación con uno tema nuevo y difícil para los padres. Si bien, por razones de fuerza mayor, debieron reconocer a sus hijos, por lo menos durante un cierto tiempo, como socios con igualdad de derechos, también debieron reconocer lo nuevos límites de su autoridad parental: un choque entre la educación para las normas y los valores morales y la realidad del hambre, la humillación, el desprecio y la muerte en la que se convirtió la vida cotidiana del gueto. En el siguiente párrafo Eilati se refiere a esta nueva y compleja realidad:

“En esta etapa de mi maduración apurada, estaba dispuesto a participar en cualquier reparto del saqueo. La vida en el gueto era rica en las situaciones de semi libertinaje en las que los más despiertos y rápidos podían sacar no pocas ventajas. Los términos permitido y prohibido se hicieron más elásticos. En mi interior me di cuenta que el éxito social ahora, también entre nosotros, los niños, se daba inclinaba del lado de los saqueadores y no precisamente del lado de los que tenían buenos modales. Mis padres no estaban felices, literalmente, de mi contacto con el ambiente callejero. Trataron de prohibirme tomar parte de los saqueos y robos, renunciando anticipadamente – así me lo hicieron saber – a las ventajas materiales que podían obtener de mis denodados esfuerzos. Pero les resultaba difícil enfrentarse a los aires que soplaban a nuestro alrededor. Otros padres se dieron por vencidos anticipadamente, o ni siquiera intentaron intervenir – no era ese el momento adecuado para cuestiones de educación y moral. Y yo quería ser como todos, sacudirme la imagen de niño educado de buena familia. Quería competir con mis amigos y ganar. Como entonces en el pueblo del abuelo, cuando me colgué un sábado del carro de un gentil. Quería llevar cosas a casa, alimentos para la familia como en los primeros días de la ocupación. A pesar de ellos, debieron reconocer mi importante lugar en la familia y me llenaron de elogios.”[4]
Lo resaltado no figura en el original.

El deseo de sobrevivir la realidad de la vida cotidiana, enfrentó a la gente con la dificultad, y a veces con la imposibilidad real, de mantener y aplicar los códigos de valores universales, que antes de la guerra ni siquiera eran materia de cuestionamiento. ¿Cómo enseñarle a un niño que no robe, mientras su familia padece de hambre? Eilati cuenta que tanto el deseo de sacudirse el cartel de “niño bueno”, como la confusión en lo referente a la diferencia entre el bien y el mal, fueron más fuertes que la autoridad de sus padres. Estas cuestiones nos llevan al siguiente problema: “¿Es este el momento adecuado para las dudas sobre educación y moral?” Los intentos de establecer una escuela clandestina, ¿no son intentos inútiles que no podrán evitar el derrumbe educativo y moral?
Veremos el siguiente párrafo que describe un intento de esos: los padres no están dispuestos a renunciar a uno de los agentes centrales de conocimiento y educación de toda sociedad estable, e insisten en la enseñanza secreta:

“Las clases eran secretas. Se llevaban a cabo con la aceptación silenciosa del “Comité” y las daban padres y maestros que tomaron la iniciativa de retomar los estudios en lugar de la escuela cerrada por orden de los alemanes. Las clases se daban varias veces por semana a la mañana en diferentes viviendas, y los estudiantes se dividían según su nivel de conocimientos de acuerdo al idioma de estudio escogido por ellos – ídish o hebreo. Ahora mamá ya no se oponía a los estudios de hebreo. Quizás también porque las clases en este idioma se daban cerca de nuestra casa, en el domicilio de Arek y Meimek. En un día normal teníamos tres – cuatro clases, y entre una y otra teníamos un receso de un cuarto de hora, para permitirles a los profesores llegar a clase desde los otros lugares donde enseñaban. No sé quién era responsable de todo el sistema – aparentemente el Dr. Jaim Najman Shapira – ni cuántas clases se daban paralelamente en el gueto, pero funcionaba con precisión y se mantuvo así cerca de dos años.[5]

¿Qué se ocultaba detrás de aquellas clases? ¿Debía ser así para enseñarnos sobre las diferentes formas de tomar la realidad entre las diferentes edades? Para los niños, los estudios debían llenar el presente de contenido y continuar con algunas de las características a las que estaban acostumbrados antes de la guerra. Para los padres, el regreso a los estudios y las horas que los niños iban a pasar en la escuela, representaban calidad de tiempo para incrementar los conocimientos, y un tiempo en el que se cuidaba a los niños de andar vagando afuera y de la tentación posible frente a hechos y situaciones, que los padres habían pedido evitar en la medida de lo posible, de sus hijos. Además, estaba la esperanza de que la guerra termine lo antes posible, por lo que los padres dieron mucha importancia en el cuidado (o creación) de un sistema secreto de enseñanza y conocimientos que les permitiera a los niños, en el futuro, insertarse como es debido en la sociedad.El mundo que conocían se derrumbó, y por eso aún podían influir y proteger a sus hijos. Por esas razones también se tomaron los estudios como promesa de un futuro mejor. Con esto se ve, que una de las cosas principales que diferenciaban el punto de vista de adultos y niños en este tema, era la capacidad de mirar hacia delante. Se sabe que “el largo plazo” de los niños es más corto que el de los adultos: para los niños, el pensar en el futuro lejano casi no existe. Para los adultos, experimentados, la existencia del futuro es un hecho real, por lo tanto renunciar a la educación en el gueto significa, de hecho, renunciar a que haya algún futuro para los niños.

La vida a la sombra de la muerte – la incertidumbre, los rumores, las decisiones

En el siguiente párrafo Eilati describe la sensación de incertidumbre momentánea, inmediata, en el gueto, que también les daba a los niños una sensación de libertad. De sus palabras podemos entender que los niños vivían, parcialmente y más aún que los adultos, como “si no hubiera un mañana”, en una incertidumbre mayor que la de los adultos. A pesar de que en la primera y última frase nos muestra su punto de vista actual, el punto de vista de Eilati adulto, durante el resto del párrafo se refiere a una especie de “tiempo presente”, cotidiano, que experimentaban los niños. La ventaja relativa de los niños frente a los adultos, se ve reflejada en la capacidad de convertir el tiempo presente, amenazador y desconocido, en una época de crecimiento, de juego y de desarrollo.

“Estábamos como dentro de una burbuja de aire en un barco que se hunde. Mientras tanto respirábamos y teníamos esperanzas, pero “nadie tenía idea si nos iba a alcanzar el aire que se acababa, antes de que lleguen a rescatarnos.
Dentro de esa burbuja, una burbuja dentro de otra burbuja, como dos inviernos y dos veranos, estaba nuestra vida, la de los niños. Como pececitos que nadan seguros en un mar transparente, sin conciencia del mar que viene y va, de la profundidad que se acerca. Así también nosotros. Ignoramos en la medida de lo posible lo que ocurre alrededor de la continuación de nuestra infancia. Abandonados durante el día, sin escuela – que fue prohibida, sin control – ahora también las madres, y entre ellas la mía, fueron obligadas a salir a trabajar – debíamos llenar nuestro días. Jugábamos y jugábamos, de la mañana a la noche. Como una parra cuyas raíces eluden los obstáculos y profundizan su crecimiento aún en un terreno de piedras y rocas, seguimos creciendo. Aquellos de nosotros que estábamos destinados a seguir viviendo, debíamos almacenar material de esta época para toda la vida; y aquellos cuyo destino ya estaba marcado, aunque aún no lo supieran, como una planta que sufre y se apura en florecer, trataban de alcanzar mucho. Y cada uno de nosotros pertenecía, al mismo tiempo, a los dos grupos juntos”.
[6]
Lo resaltado no figura en el original.

Tanto los adultos como los niños desconocían su destino, pero como se ha dicho, había diferencias en cuanto al nivel de información y su internalización. La esperanza de que la liberación llegaría rápido era de conocimiento de todos. A veces, pedían “mantener la cabeza fuera del agua” y sobrevivir los días que faltaban hasta el fin de la guerra. Elitai escribe así acerca de cómo los adultos se enfrentaban con el asombro de los niños a causa del futuro:

“En otoño comenzaron a hablar en casa de gases.Domingo, día soleado, mamá, mi hermana pequeña y yo paseamos por la calle a la tarde y mamá nos cuenta diversas noticias. De repente mi hermana pregunta: mamá, ¿duele morir por los gases? Mamá – enfermera diplomada – le contesta con la misma seriedad con la que nos explicaba siempre las cosas relacionadas con la salud – no, no se siente nada; nos dormimos y ya no nos despertamos más. Y yo, como los adultos, me veo también aportando mi opinión – no, no duele para nada, simplemente dormimos y ya está”. [7]

El terror, los vientos amenazadores del futuro, la terrible realidad, penetran también en el mundo de los niños, en el mundo de los jóvenes. Ya no se les podía ocultar a los niños las habladurías acerca de la muerte esperada. La madre se ve obligada a enfrentarse con la pregunta directa que le hace su pequeña hija, y le da la respuesta “pertinente”. También su hermano mayor, un niño aún, se ve a sí mismo como parte del mundo de los adultos dada la pregunta de su hermana. El uso de la expresión, “como los adultos” muestra que el joven reconoce que como “adulto” y como “hombre” de la familia, debe manejar la situación entre el conocimiento de lo que ocurre y la necesidad de tranquilizar a su hermana. Somos testigos del proceso de maduración por el que pasa el joven, durante el cual él entiende que el significado de la entrada al mundo de los adultos no es la gloria, sino que incluye también los sentimientos por el otro y la toma de responsabilidades por sus necesidades.
La internalización de esto se ve reflejada en uno de los párrafos más duros del libro, en una etapa en la que la realidad penetra brutalmente en la vida de Eilati. Con mucha emoción y con una piedad que ya posee el punto de vista del autor adulto, describe la decisión que debe tomar su madre respecto de su pequeña hermana y la parte, de hijo mayor, en la decisión:

“Entregar tus hijos a extraños en las condiciones más peligrosas, ¿cómo se hace esto?, ¿cuáles son todas las averiguaciones que deben hacerse? Aún cuando las personas parecen de buen carácter, ¿tratarán bien a tus hijos y guardarán el secreto? ¿Viven en una casa lo suficientemente aislada? ¿Corren peligro por culpa de vecinos hostiles o algún policía que viva cerca? ¿Tienen parientes en el campo, a los que puedan entregarles los niños cuando se acerque el peligro? ¿Qué nivel de discernimiento habrá en la construcción de la historia – cobertura adecuada para que sea creíble para los demás. ¿En qué medida podrán esconderlos rápidamente si se presenta una situación de emergencia repentina sin perder la calma? ¿En qué medida tendrán sangre fría para no solicitar regresar a la niña al gueto en el primer momento de dificultad, o si Dios no lo permita, el tema los cansa y la entregan a los alemanes? O si son cínicos impostores o entregadores de la Gestapo.
Mi madre debió reunir y verificar muchos detalles antes de poder decidir. Y toda la información importante tuvo que concentrarla con mucho cuidado y tacto. Una madre judía sola y mortificada, destrozada por el sacrificio físico diario debe, ella sola, reunir, medir y considerar toda la información y alternativas – que no con seguridad existían – y llegar a una conclusión decisiva: confiar en los letones, dejar en sus manos a su hija, o – renunciar a la iniciativa, a la salida audaz del camino del rebaño, dejándose llevar por la tentación de “sentarse y no hacer” forzosa y dejarla aquí.
Y estas dudas tenerlas sola, sin ninguna ayuda, sin compañero en la responsabilidad y en la decisión. Por supuesto, ella me consultó también a mí, que tenía diez años, me contó mucho. Le serví de oído para parte de sus dudas, la parte que estaba dispuesta a compartir conmigo. Finalmente, luego de muchas vacilaciones y negociaciones agotadoras que incluyeron también cuestiones económicas y formas de pago, mi madre decidió entregar a mi hermana a la familia de Marta”.
[8]
Lo resaltado no figura en el original.

Si fuera posible pararse en el lugar en donde explotó la burbuja de Eilati, el lugar donde comenzó la fractura sin retorno, sería en la decisión sobre el destino de su hermana. El joven Eilati toma parte de una de las decisiones más difíciles que los padres debieron tomar durante el Holocausto: la decisión de entregar a su hijo a extraños para salvarlo. A pesar de estar claro que la total responsabilidad de la entrega recae sobre su madre, ella aún lo ve, al niño, por falta de otra opción, como un miembro de la familia con quien puede consultar. No sólo que los padres no pueden poner un manto y hacer desaparecer la verdad desnuda ante los ojos de sus hijos, sino que tampoco podían ocultar su impotencia. Sin embargo en este párrafo la impotencia se interpreta – con la perspectiva de los años – precisamente como fuerza. Del dolor y la necesidad nacieron las grandezas del alma. Muchos padres, como la madre de Eilati, eligieron hacer todo para salvar a sus hijos, también aunque eso incluyera una despedida, de la que no se ve el final. La sensibilidad, la que el joven Eilati revela en su entrada al mundo de los adultos, aparece aquí en su madre, en su máxima expresión. Sobre la despedida de su hermana, Eilati cuenta:

“A fines de diciembre, el día más corto del año, mi hermana salió del gueto. (…) Dos días antes, ya eran las cuatro de la tarde y nosotros, los niños, estábamos, con la pasión de buscadores de oro, barriendo casa por casa, vivienda por vivienda, en una zona que al día siguiente por la mañana sería entregada a los alemanes. (…) Le prometí a mamá que volvería a casa a tiempo. Ya eran las cuatro y sabía que estaba retrasado, pero me resultaba difícil desprenderme de la vorágine de tentación en la que me encontraba desde la mañana. Cuando por fin volví en mí, como de un pesado sueño, supe que ya era tarde para apurarme en regresar a casa. En lugar de eso, corrí hacia el portal, con la esperanza de cruzarme en el camino con mi madre y mi hermana (…) pero llegué tarde – la plaza del portal estaba vacía. (…) todos los preparativos de ese día, nuestras últimas horas posibles de los tres juntos, los perdí." [9]

Estas dolorosas palabras sobre su hermana que fue sacada del gueto y no volvería, describen la magnitud del desgarro que sintió el niño en esa situación. Por una lado se vio atraído, como cualquier niño, por la tentación de la búsqueda aventurera de un tesoro en casas de deportados del gueto, y por el otro se desgarra por el deseo de despedirse de su hermana como corresponde. Cuando se da cuenta que su hermana ya no está en el gueto, localiza a su madre que vuelve de la casa en donde dejó a la pequeña “y no la recuerdo tan enojada y llena de ira como la noche de su vuelta, sola, al gueto”. En un acto precipitado, el niño sale en horas de toque de queda, y en su corazón pide que los guardias del gueto lo atrapen o que una de las bombas lo alcance para que “mamá lo lamente”. Antes y después de todo, Eilati es todavía un niño.

En esta lección pedimos abrir una ventana al mundo de los niños en el Holocausto. Tratamos de analizar, si con el trasfondo del derrumbe del mundo conocido, el hambre, la humillación y la muerte – tiene significado el término “Infancia en el Holocausto”, o si debemos referirnos a estos niños como a adultos en el más amplio sentido de la palabra. Como en otras situaciones relacionadas con el Holocausto y derivadas de él, no tenemos respuestas definitivas. Mediante el análisis de párrafos del libro de memorias de Shalom Eilati, descubrimos que tanto niños como adultos fueron arrojados juntos dentro de una época tan caótica y vertiginosa que cambió el orden mundial y los valores conocidos. Pero ellos no vivieron el Holocausto del mismo modo, y sus vivencias e interpretaciones del panorama general de la realidad fueron, en muchas ocasiones, diferentes.


[1] Eilati Shalom, Lajtzot et HaNahar [Cruzar el Río], Yad Vashem, Jerusalén 1999.
[2] Eilati Shalom, Cruzar el Río, Yad Vashem, Jerusalén 1999, pág. 84 – 85
[3] Ídem, Los comienzos de la conquista alemana y el traslado al gueto
[4] Ídem, pág. 71
[5] Ídem, pág. 100
[6] Ídem, pág. 83
[7] Ídem, pág. 124
[8] Ídem, pág. 128
[9] Ídem, págs. 130 - 131