La Escuela Internacional para el Estudio del Holocausto

“Recordad, mis queridos, lo que os enseño hoy”

Alumnos y maestros en el gueto


La ceremonia es adecuada para alumnos de la escuela secundaria.

El período del Holocausto despojó a los niños de su infancia. A menudo se vieron forzados a madurar rápidamente, a asumir graves responsabilidades por su propio destino e inclusive por el destino de sus familias. Muchas veces debieron medirse solos con las penurias impuestas por la guerra. Esta ceremonia trata de la educación judía en la época del Holocausto, de las vivencias de los niños y de los esfuerzos de sus educadores por restablecer algo de rutina normal en las vidas de sus alumnos. La ceremonia incluye documentos de la época, fragmentos de diarios personales y recuerdos de sobrevivientes del Holocausto.

Desarrollo de la ceremonia:


Introducción: El estallido de la guerra y la vida bajo el dominio nazi

El estallido de la Segunda Guerra Mundial el 1º de septiembre de 1939 dañó las bases de la existencia en Polonia y modificó todos los aspectos de la vida de la población local. Muchos de los dirigentes, entre ellos educadores, huyeron por temor a los alemanes, y las escuelas dejaron de funcionar.
En las primeras semanas de la invasión nazi, luego de que fueran destruidos edificios y calles enteras, y mientras continuaba la persecución contra los judíos, se hicieron intentos de reorganizar los marcos escolares con el fin de restablecer un mínimo de vida normal. Ello no era para nada sencillo; en muchos sitios se prohibió la reapertura de las escuelas judías, y además los alumnos judíos fueron rechazados por las escuelas polacas restablecidas por orden de las autoridades. Por esa razón, hubo educadores que intentaron crear marcos alternativos de estudio, a veces en forma clandestina. Dr. Emmanuel Ringenblum, director del archivo Oneg Shabat, describió así la situación de los maestros:

“Los maestros judíos creían aún que también en nuestra área sería posible organizar algo, pero rápidamente se hizo evidente que ello era imposible. Mientras tanto, el destino de los maestros judíos se volvió trágico. La mayoría de ellos, carentes de recursos, sufrían hambre. La escasa ayuda que recibían de la antigua asociación de maestros no alcanzaba a cambiar la situación”.[1]

“Cumplí mis seis años. Llegó el primer día de clases. Marisha, mi amiga polaca, me propuso que fuera con ella a la escuela, junto con muchos otros niños del pueblo. Marisha entró por el portón y yo tras ella. ‘Buenos días’, saludé al portero. ‘¿Dónde vas?’, me preguntó. ‘A la escuela, a primer grado’, le respondí orgullosa. El hombre me cortó el paso. ‘¡Tú no puedes!’, me dijo con firmeza. ‘Pero ya cumplí seis años…’, contesté. ‘¡Tú eres judía! Los judíos no tienen derecho a estudiar. En esta escuela no hay sitio para los judíos’.
Vi cómo Marisha se alejaba, hasta entrar al edificio de la escuela. ¡No lloré! Yo soy judía y este no es mi lugar. El año escolar comenzó – sin mí.”


De: N. Morgenstern, Quería volar como una mariposa, Yad Vashem, Jerusalem, 1994, p. 12.

Al mismo tiempo que los niños judíos se veían privados del derecho a aprender, también los maestros fueron duramente afectados como consecuencia de las disposiciones nazis. Debido al cierre de las escuelas, se hallaron sin medios de vida y muchos debieron vender sus posesiones e inclusive apelar a la ayuda de la comunidad. Pearl Benisch escribió:

“Los primeros que quedaron sin trabajo fueron los maestros. Su fuente de recursos desapareció con el cierre de las escuelas judías, y como nunca habían tenido la posibilidad de ahorrar dinero, se vieron obligados a vender objetos personales para adquirir productos indispensables. Cuando los objetos se agotaron, se dedicaron a comerciar con aceite de cocina o cualquier otro producto […] La señora Bigon, nuestra maestra en el quinquenio anterior, decidió vender aceite y otros alimentos para ganar algún dinero. La visité en su casa. En el cuarto sencillamente amueblado se apilaban libros sagrados, sobre la mesa y hasta todos los rincones. Eran ejemplares de El camino del Señor […] libro publicado por su esposo […] que era un gran sabio en judaísmo. […] Lamentablemente para ella, en las nuevas condiciones esos libros carecían de todo valor comercial”.[2]

El poeta, compositor y cantante Mark Warshawsky describió en su canción “Alfabeto” –más conocida como “Oifn pripetchik”, “Sobre el brasero”–, la experiencia de los niños pequeños al llegar al jéder [escuela judía religiosa] y su primer encuentro con las letras hebreas y los estudios sagrados:

Alfabeto - Alef Bet

Mark Warshawsky

Sobre el brasero arde una pequeña llama,
el cuarto está caldeado,
y el rabino enseña a los niños pequeños
el alef-bet.

Recordad, niñitos, recordad, mis queridos,
lo que os enseño hoy.
Digan todos y vuelvan a repetir conmigo:
kamatz y alef hacen ‘o’.

Aprended, mis queridos, con muchas ganas,
y les prometo
que quien mejor sepa leer hebreo
recibirá una banderita.

Recordad, niñitos, recordad, mis queridos…


La educación como resistencia

Pese a las duras condiciones reinantes en los guetos, los educadores lucharon por restablecer los marcos educativos. Los maestros confiaban en poder restituir a sus alumnos algo de estabilidad mediante el estudio, vieron en ello la misión de inculcarles los valores en que se basaba su concepción de mundo. Los conflictos que continuaron entonces entre las diversas corrientes del judaísmo muestran que, también en las condiciones del gueto, el debate sobre el mundo espritual de las generaciones futuras constituían el centro de interés de los educadores. Mark Dworzecki recuerda:

“En la primera época del gueto comenzó una lucha cultural sobre el carácter y esencia de las escuelas, sobre su aporte educacional, la composición del cuerpo docente y los programas de estudio. Se estaba luchando por el alma del niño en el gueto: cuáles son los objetivos nacionales y comunitarios para los que debe educárselo – los que constituirán su equipaje espiritual cuando salga en libertad... Cuál es el lugar que han de ocupar en el colegio conjunto del gueto el hebreo, el ídish, Eretz-Israel, la Biblia, la historia judía y la historia universal; qué épocas y héroes requieren especial atención en la enseñanza dentro del gueto […]”[3]

Itzjok Rudashevsky, el alumno en el gueto de Vilna sobre el que escribió Dworzecki, anotó en su diario lo siguiente sobre las clases de historia:

22.10.42. “Nuestro curso de historia funciona. Escuchamos clases sobre la gran Revolución Francesa y su época. La otra parte del curso, la que se ocupa de la historia del gueto, también funciona...
18.3.43. A menudo pienso: estoy en un gueto, y sin embargo tengo una intensa vida plena de actividad espiritual: estudio, leo, asisto a clases. El tiempo pasa tan rápido, y hay tanto trabajo por hacer. Conferencias, festividades, a menudo me olvido de que estoy en un gueto...”
[4]

A continuación, describe hasta qué punto eran importantes para él los estudios en el gueto:

“[…] Luego de muchas dudas y reflexiones, decidí aprovechar cada momento – necesito aprender, todavía las condiciones son adecuadas, por lo tanto no debo interrumpir mis estudios. El deseo de aprender se convirtió para mí en una especie de protesta contra el presente, que aborrece los estudios y prefier el trabajo y el esfuerzo. Decidí que estoy viviendo en el futuro y no en el presente, y si de los 100 niños del gueto hay 10 que pueden estudiar, yo quiero ser uno de los afortunados, debo aprovechar la posibilidad. Los estudios se me hicieron más queridos aún que antes […]”

En el gueto de Terezin, en la actual República Checa, los niños vivían en casas especiales, cuyo propósito era separarlos de la dura realidad del gueto y permitirles una infancia normal hasta donde fuera posible – un sistema educacional, juegos, amigos, etc. Este marco ocupó un lugar importante en la conformación de sus vidas en este período, y les otorgó fuerzas y esperanzas en los días difíciles. Los instructores de las casas de niños, aunque eran apenas un poco mayores que ellos, se encargaban de cuidarlos, educarlos y procurar su bienestar:

“Nuestros compañeros, que sabían de los peligros que aguardaban a los niños y adolescentes, hicieron todo lo posible para mantener su integridad física, espiritual y moral durante su confinamiento en el gueto, y permitirles un sano desarrollo. Nuestros compañeros organizaron en salas gigantescas los primeros cuartos para jóvenes y comenzaron a ocuparse de los niños en todos los aspectos, comprendiendo que no sería posible ayudarlos si no se los mantenía alejados, todo lo que fuera posible, de la vida de los adultos”.[5]

Algunos de los niños mayores comprendieron la dimensión de la tarea que les cabía desempeñar, y procuraron con todas sus fuerzas otorgarle a la vida en el gueto el mayor grado posible de normalidad, y también se esforzaron porque los niños pequeños olvidaran las dificultades que enfrentaban día a día:

“Shalom Kuper es un sabio, nos quiere mucho y nosotros a él. Shalom Kuper se esforzó cuanto pudo para hallar una forma de endulzarnos esta amarga vida, y al menos consiguió insuflarnos un espíritu vital. Y también esperanzas. La esperanza de que habremos de vivir alguna vez una vida normal, y que lograremos llegar hasta la Tierra de Israel. Ya en este Maryszyn esclavizado, casi la mitad del tiempo vivíamos la vida de la Israel libre, porque cantábamos canciones hebreas”.[6]

Cuando el maestro de Itzjok Rudashevky, el señor Gerstein, falleció, Itzjok se despidió de él en su diario, describiendo la influencia del amado maestro sobre sus alumnos y la profunda marca que dejaba en sus espíritus:

“Cómo amaban todos los que lo conocían su elevada estatura y su agradable presencia […] con qué espíritu juvenil subía las escaleras de la escuela; […] con qué majestad caminaba por los corredores de la escuela, por el salón de clase. Si el retrato de algún escritor judío no estaba totalmente derecho, ya detenía sus pasos el maestro Gerstein, y con cuánto amor lo enderezaba. Con cuánto amor brillaban sus hermosos ojos ante una palabra judía, ante un poema judío. Cuánto amaba su idioma, su pueblo. Ese amor y el orgullo nacional que en él mismo se encarnaba era lo que se esforzaba en encender en nosotros. Nosotros sus alumnos. Cuando Gerstein entraba al aula, el estado de ánimo cambiaba totalmente. Cuán grato era su claro rugido de león, cuando anunciaba con alegría y emoción: “¡Buenos días, niños! Traigo mercancía nueva (distribuía Grininke Beimalej, Javer y Kinder Fraind), ¡denme una moneda!” Tomaba las monedas, de su gran portafolio sacaba los diarios nuevos y los repartía, con ojos iluminados por la bondad y la abnegación.¡Qué hermosas canciones cantaba Gerstein con nosotros! Mi preferida era: “Vi palabras judías / como pequeños pajarillos / como pájaros bellos // Vi palabras judías / como palomas alborotadas...” El coro de Gerstein ornaba nuestra escuela. Y no sólo en la escuela amaban a Gerstein. El coro de Gerstein era querido por todos […] Mientras que los demás se hallaban hundidos en la monotonía cotidiana, Gerstein encarnaba para todos algo bello y único. Gerstein poseía un gran corazón y una amplia gama de conocimientos. Junto a su profunda empatía con su pueblo y con el idioma de su pueblo, Gerstein encarnaba también al hombre universal”.[7]

Sarah Zelwer Auerbach, de 15 años, recordaba en el gueto de Lodz a su maestra, la señora Zelicky:

“Tuve la suerte de recibir el calor de nuestra maravillosa maestra P. Zelicky […] ella logró desplegar ante nosotros un mundo nuevo […] Llegábamos a su clase y allí, en su pobre casa, se filtraba agua del techo […] hacía tanto frío que no nos quitábamos los abrigos […] tras estar mucho tiempo sentados se nos entumecían las piernas y nos dolían mucho, pero no nos atrevíamos a sacudirlas y hacer ruido con los pies, porque no queríamos perder una sola palabra de su exposición […] su personalidad nos impactaba enormemente […] tras el contacto con ella todo nos era más fácil, inclusive el enfrentarnos con el hambre, aguantarnos y no comer la ración que estaba destinada al día siguiente”.[8]

Efraim Dekel dirigió la escuela en el gueto de Shavli en Lituania. Dekel recuerda:

“Mi función era dirigir la escuela del gueto. Se trataba de una escuela única en su género. Nuestros perseguidores nos prohibieron educar a los niños, y por ello creamos una escuela clandestina: distribuimos a los niños en clases pequeñas y esparcidas en todas las habitaciones del gueto […] grupo a grupo se iban infiltrando en la escuela, y durante dos horas, apretujados en esos cuartos, escuchaban las enseñanzas de sus maestros. Luego salían a escondidas, para dejar el sitio al grupo siguiente. Venían a clase hambrientos y desnudos, y sólo una vez por semana, los viernes, podían los maestros ofrecerles, tras un baño caliente, una rebanada de pan con mermelada. Y con todo ello, nunca hubo en el mundo alumnos más consagrados a su escuela, a sus estudios y a sus maestros que los niños del gueto.Durante todas mis décadas de trabajo no tuve una concentración de alumnos tan brillantes como los de esa escuela de pobres”.[9]

Las festividades que solían celebrarse en las escuelas antes de la guerra continuaron en los guetos, pese a la prohibición. Las festividades infundían en niños y padres esperanzas para el futuro. La de Tu Bishvat poseía una profunda significación para los niños y maestros del gueto de Vilna, que soñaban con la vida judía en la Tierra de Israel:

“Las fiestas de la escuela eran un gran acontecimiento en la vida de los niños. Se preparaban para ellas con entusiasmo, y también los adultos ansiaban estar presentes en las mismas. Todos querían disfrutar de una breve hora de alegría en esa atmósfera de inocencia y alegría infantil, “el 15 de Shvat” […] El maestro Israel Dinstein pronunció un discurso que concluyó con estas palabras: ‘Llegará la hora en que ustedes, niños, junto con los niños libres de Eretz Israel, han de plantar árboles y entonar canciones, y recordarán estos días en el gueto como se recuerda una pesadilla’”.[10]


[1] Archivo Ringenblum, parte I; en: Archivo Yad Vashem, M.10 AR.1 47. Hadas Goldman, Havi Ben Sasson, Amos Goldberg: Los años en que vimos el mal. Estudios sobre la historia del judaísmo religioso en la época del Holocausto, vol. II, Yad Vashem, 2003, p. 126.
[2] Pearl Benish, El espíritu que derrotó al dragón, Jerusalem-Nueva York, 1991, pp. 44-45. Los años en que vimos el mal…, vol. II, p. 130.
[3] Mark Dworzecki, La Jerusalén de Lituania en la rebelión y el Holocausto, Tel Aviv, 1951, pp. 216-217. Los años en que vimos el mal…, vol. II, p. 130.
[4] Yitzhak Rudashevski, Diario de un adolescente en el gueto de Vilna, junio 1941-abril 1943, Hakibutz Hameujad y Beit Lojamei Haguetaot, 1968, pp. 51, 101.
[5] N. Keren, Fragmentos de infancia, Beit Lojamei Haguetaot y Hakibutz Hameujad, 1993, p. 46.
[6] Testimonio de Yitzhak Huberman, O.3/10614, Archivo Yad Vashem.
[7] Yitzhak Rudashevsky, Diario de un adolescente en el gueto de Vilna, junio 1941-abril 1943, Hakibutz Hameujad y Beit Lojamei Haguetaot, 1968, pp. 40-42.
[8] Sarah Zelwer Auerbach , en: Itzhak B. Teitelboim, A través de nuestros ojos: Los niños testimonian el Holocausto, Ed. Escuela Internacional para el Estudio del Holocausto, Yad Vashem, Jerusalén, 2004, p. 89. A través de mi ventana: Recuerdos del gueto de Lodz, Ed. Yad Vashem, Jerusalén, 1964.
[9] Efraim Dekel, “La escuela en el gueto de Shavli”. En: Safira Rapoport (comp.), Entre nuestro ayer y nuestro mañana, Escuela Internacional para el Estudio del Holocausto, Yad Vashem y Dirección de Sociedad y Juventud, p. 121.
[10] Publicado en el periódico clandestino del gueto de Vilna; en: Mark Dworzecki, La Jerusalén de Lituania en la rebelión y el Holocausto, y en: Yael Richler y Shlomit Dunkelblum, Enlaces – Diálogo con el pasado (Unidades de enseñanza sobre tradición), Escuela Internacional para el Estudio del Holocausto, Yad Vashem, Jerusalén, 2003, p. 4.