La Escuela Internacional para el Estudio del Holocausto

Los Siete Fuegos del Infierno - La Destrucción de Piotrkow

por Naphtali Lau-Lavie, Jerusalén


El infierno está sobre el firmamento. Algunos dicen está detrás de las montañas de oscuridad.
– El Talmud, Tamid 84

El infierno cesará, pero ellos no cesarán.
– El Talmud, Rosh Hashana 17

[Reimpresión Parcial de la Sección VI (de VIII partes): 1942 - Aniquilación, página 184]

Por Rosh Hashanah – Año Nuevo Judío, 5703 (principios del otoño, 1942), el ángel de muerte estuvo a la puerta misma de Piotrkow. Los judíos de Radom y Kielce ya habían abordado los trenes de muerte. Las fuerzas de Aniquilación ahora se acercaron a Czestochowa.

La noche posterior al Shabat Tshuba, cincuenta personas, incluidos algunos jóvenes agitados, fueron convocados a una reunión abierta en la casa del rabino. Varios de los asistentes eran miembros de la policía judía, que se distinguía por un servicio ejemplar y por su lealtad a la causa judía. Entre ellos se destacaban en particular dos cuñados de Lodz, Asher Landau y Michael Klausner, quien, llegado el momento, se unió voluntariamente a sus padres en el transporte a Treblinka, como lo hicieron otros tres policías, Kuba Wolkowicz y los Rokmann, dos hijos de Tzine Rokmann, el zapatero. En esta reunión, por primera vez, públicamente se sugería que se debía resistir a los transportes mediante la fuerza. Varios participantes con tendencias "ultra ortodoxas" - Elazar Sheinfeld, Reuven Neifeld, Avraham Moisés (de Kalisz), y otros - compartían esta opinión. Otros se ofendieron, argumentando que era un acto desesperado. Entre ellos estaban el Juez Borenstein, el Doctor Brahms, R. Moshe Shapira (hermano del distinguido Rabino Meir Shapira), R. Baruch Zilbershatz, y Dov Handel. El dayan (Juez de tribunal rabínico), el Rabino Moshe Temkin, presionó firmemente por la opción de la resistencia. R. Moshe Nordmann, un activista entre los "ultra ortodoxos", presentó enérgicamente el argumento de la anti-resistencia, insistiendo en la responsabilidad hacia aquellos que tenían la posibilidad de permanecer vivos.

Muchos veían sólo un sólo camino hacia la salvación: un sitio de refugio en o fuera del gueto hasta que pase la tormenta

La tensión alcanzó niveles insoportables. Las mujeres cosían mochilas y las llenaban con artículos necesarios. Los hombres que trabajaban en industrias vitales se casaban con mujeres jóvenes con la esperanza de protegerlas. Fuera del gueto, los polacos esperaban para comprar los bienes de los judíos por una miseria.

El gueto completo rezaba en la noche de Kol Nidrei (Rezo que inicia el Día del Perdón). El sonido del llanto emanaba de cada casa. Cientos de personas se habían congregado en la casa del rabino para el rezo emotivo. Al día siguiente, Yom Kippur (Día del Perdón), el rabino hizo una disertación final para la comunidad de Piotrkow antes de Yizkor (oración en memoria de los muertos). Este fue un discurso emotivo, que evocaba ríos de lágrimas. Los devotos expresaron sólo un deseo: que alguno sobreviva para recordar sus nombres.

El turno de Czestochowa era al día siguiente. Los mensajeros enviados desde Piotrkow volvieron con un informe aterrador. La especial "Operación Reinhardt" de los nazis llegó a Radomsk, la última parada antes de Piotrkow, realizando su premeditada matanza de los judíos de aquella ciudad. Miles en Piotrkow estaban trastornados, aterrorizados y desesperados por las noticias.

Cuando los trenes de la muerte pasaron por las plantas de Kara y Hortensia, los mártires de Radomsk deslizaron tiras de papel con sus nombres para advertir a los judíos que esperaban de Piotrkow y trabajaban allí de la tragedia que les había acontecido. Estos, sabiendo que su ciudad afrontaría esta tragedia en unos días, se sintieron agotados e incapaces de cualquier pensamiento claro igual que aquellos a bordo del tren.

Como la agonía del transporte de Radomsk continuaba, los alemanes juntaron a los residentes judíos de los pueblos de los alrededores de Piotrkow en el gueto. Montones de carros, bajo la pesada custodia de los nazis y la policía polaca, trajeron judíos de Srock, Tuszyn, Wolborz, Przyglow, Sulejow, Rozprza y Kamiensk, arrastrando sus pertenencias, enseres e inclusive pollos.

En ese momento descubrieron que dos oficiales de las SS habían sido trasladados al gueto, uno era un “experto de Lublin y Radom”, Hauptsturmfuhrer Willy Blum, que había venido a preparar la operación. Los primeros ucranianos pertenecientes a la unidad de exterminio aparecieron en la ciudad el 12 de octubre de 1942.

A los empleados en industrias vitales, aquellos que tenían asegurada su seguridad personal, se les ordenó entregar sus pertenencias a las fábricas, donde permanecerían durante la deportación. Así fue que el martes, 2 de Heshvan de 5703 (el 13 de octubre de 1942), grupos de trabajadores, escoltados por escuadrillas de bomberos, marcharon desde las fábricas hacia el gueto dejando atrás a sus seres queridos y abandonando a sus mujeres y niños a merced de los asesinos. Hombres fuertes lloraban como bebés, incapaces de volver para trabajar. Ese día se vieron escenas horribles. Mujeres, madres y niños empujando a los hombres hacia las líneas para que volviesen a las fábricas, esperando que el hecho de mantenerse vivos, de algún modo pudiera ayudar a los deportados en sus nuevos hogares "en el este". Algunos hombres, sin embargo, rechazaron separarse de sus familias, perdiendo el privilegio de permanecer en el mini gueto, y fueron subidos a los trenes de muerte juntos con sus parientes.

La noche del martes, 3 de Heshvan (14 de octubre de 1942), tropas ucranianas y de las SS rodearon y cerraron el gueto. Aún antes de comenzar su tarea, los asesinos se entretuvieron disparando indiscriminadamente al aire y a cualquier objetivo en el gueto. Las aniquilaciones comenzaron al amanecer.

La acción fue planeada minuciosamente. Primero, un número de agentes de la policía judía recorría las calles del gueto llevando un mapa preparado especialmente para la actividad del día, y ordenando a los residentes presentarse en una “plaza de deportación” en las instalaciones de las barracas franciscanas, próximas al hospital judío. El área de deportación continuaba a ambos lados del río Strawa. Familias enteras, hombres, mujeres, ancianos, niños hacían el viaje a la plaza cargando con sus bolsas y sus pertenencias, algunos en silencio, otros llorando amargamente. Luego de esta marcha de la muerte, los hombres de las SS barrían las casas, saqueando lo que encontraban y disparando contra cualquier criatura viva hallada. Los cuerpos eran arrastrados hasta la plaza, así como los enfermos y los minusválidos. El Rabino Avraham Dov Englard, que era ciego, y el Rabino Michael Folman fueron subidos al tren sobre vagones planos.

En el centro de la plaza estaban los comandantes de la operación, encabezados por un oficial de las SS, el representante del departamento judío de la Gestapo, 4B4, conocido como Sturmbanfuhrer Feucht, quien, con una gran crueldad, había desplegado su experiencia en estas operaciones en otras ciudades. Una vez que las víctimas habían formado en filas, los nazis examinaban los documentos de los que eran útiles para el trabajo, ya que ellos no se habían presentado de antemano, y seleccionaban a aquellos destinados al transporte. La cuota diaria era de seis mil personas, suficiente para llenar los cincuenta y dos vagones de ganado disponibles. Una vez completada la cuota, los demás eran liberados hasta el próximo transporte.

En una procesión fantasmal, los seis mil deportados marchaban hacia la nueva estación de ferrocarril, donde eran subidos al tren negro. El desfile iba acompañado de golpes fatales con cachiporras y culatas de fusil. Cerca del tren los SS llevaban a cabo otro cacheo. Los ucranianos eran especialmente cuidadosos, despojando a las víctimas de cualquier bota en buen estado, relojes de pulsera, u objetos de valor visibles. Finalmente, la gente era subida al tren, más de cien por coche, cada coche marcado "Máxima carga: Treinta Personas o Seis Cabezas de Ganado". Hecho esto, el tren de la muerte se ponía en movimiento. Llenaban los vagones con trabajadores de la fábrica de cristal, incluyendo a los judíos que se alojaban allí temporalmente. En el crepúsculo vieron el tren en su camino y manos temblorosas que salían por las rejillas de la ventana, testimoniando ojos llorosos que miraban detenidamente. Los sobrevivientes conservaron sólo estas escenas, y los gritos de despedida que emanaban de los coches, como las últimas reminiscencias de sus seres queridos, cuyos terribles gritos todavía reverberaban en sus oídos.

Vieron el paso de cuatro de esos trenes: el miércoles de esa semana, el tres de Heshvan; el viernes cinco por la noche; el lunes ocho; y el miércoles diez. Cada transporte exterminaba un cuarto de los residentes judíos de Piotrkow, dejando huellas profundas en la carne de los testigos mudos de esta atrocidad.

Los tres transportes se completaron de manera "organizada", excepto por los montones de víctimas asesinadas de pasada por alemanes, ucranianos, y letones durante la operación. Muchos habitantes del gueto sentían una especie de alivio cada vez salía un transporte, imaginando que eso les permitirían tomar aliento hasta la siguiente etapa. Eran incapaces de sentir el terror de la pesadilla que se desarrollaba ante de sus ojos. La anticipación contenida de lo inesperado, es decir, la deportación, era más insoportable que la muerte misma.

El día del último transporte, en cuanto los nazis trataron de completar el cuarto tren, se dieron cuenta de que varios vagones quedaban vacíos. ¡No se había completado la cuota de seis mil! Entraron precipitadamente al pequeño gueto y enviaron apresuradamente a sus habitantes a la plaza, donde el comandante de la operación, el asesino Feucht, pasó entre las filas seleccionando a las trescientas víctimas que necesitaba. En uno de los grupos tenía a varios dignatarios del Piotrkow judío, líderes de la comunidad en los años anteriores al Holocausto: doctores, abogados, profesores, varias figuras públicas que habían pertenecido "al consejo de ancianos" el Juez Borenstein, y finalmente, el rabino de la ciudad, el Rabino Lau, que, sólo entre ellos, todavía seguía manteniendo su vestido tradicional y su barba.

El líder de los asesinos notó que el rabino hacía señales con su bastón y se acercó. "Los judíos necesitan rabinos allí también", gritó él. Cuando comenzó la selección, con los asesinos abusando de sus víctimas, el rabino llamó a aquellos que estaban de pie cerca de él para atacar a sus perseguidores. "Aporréenlos. ¡No sean testigos silenciosos de esta desgracia"!. Esto lo contó el Doctor Abraham Greenberg, un sobreviviente que más tarde vivió y murió en Tel Aviv, y estaba de pie cerca del rabino entonces. Pero el ángel de la muerte ya había tomado su decisión y se había asegurado su victoria. El rabino fue sacado de su posición y, agarrando una pequeña voluta de Torá (libro sagrado), se unió al último transporte de judíos Piotrkow. Con su partida, desapareció la antigua comunidad de la ilustre Piotrkow.


La Masacre de Purim en Piotrkow

por el Dr. Michael Lubliner


Las crónicas de las comunidades judías de muchas partes del mundo incluyen el peligro y las crueles leyes que amenazaban las vidas de los judíos y que a veces ponían en peligro la supervivencia de toda la comunidad. En algunos casos afortunados, el peligro desaparecía de repente, o la temida ley era derogada de forma inexplicable. Entonces, aquella comunidad podía conmemorar cada aniversario del feliz cambio observando un "Segundo Purim", un festival que imitaba el Purim original, que marca el rescate de los judíos de Persia de las maquinaciones de Haman. Los historiadores han catalogado aproximadamente 90 "segundos Purim" observados por diversas familias y comunidades judías, que comienzan con la temprana Edad Media y terminan con el llamado "Purim-Hitler" proclamado por los judíos de Casablanca en 1943.

En contraste trágico con las celebraciones del "Segundo Purim", la historia judía también sabe de casos en los cuales el alegre festival de Purim se convirtió en un día de luto. Tal ejemplo fue el Purim de 1943, en el Gueto de Piotrkow, en el que los Nazis se entrenaron en el arte asesinar, por órdenes del Führer en Berlín, que debían aniquilar a todos los judíos. En contraste con los duros decretos promulgados contra los judíos en ocasiones anteriores, esta particular orden no fue promulgada abiertamente, sino que fue mantenida como un secreto cuidadosamente guardado, conocido sólo por algunos escogidos altos funcionarios que habían sido severamente advertidos de no permitir que se filtrasen ni siquiera rumores del plan Nazi.

Este triste Purim ocurrió a finales del invierno de 1943, en el llamado "Pequeño Gueto", un remanente de lo que alguna vez fue la floreciente comunidad judía de Piotrkow.

Después de la "evacuación" en masa de los judíos de Piotrkow en octubre de 1942, sólo quedaron 2,000 judíos en Piotrkow. Este número incluía a los refugiados de los alrededores y también de otras ciudades y lugares de la Polonia ocupada por los nazis. Ellos fueron llevados al sur de Staro-Warszawska, que alguna vez fue la "Calle Judía" por excelencia. Estaba rodeado por un anillo de alambre de púas que convertía el área asignado a los judíos que quedaban en Piotrkow, en una jaula dentro de la cual los asesinos podrían matar a tiros a sus víctimas en cualquier momento que escogieran.

Las calles del otro lado del alambre de púas, anteriormente parte del Gueto más grande, se alineaban con las casas donde los judíos habían vivido alguna vez pero que ahora eran cáscaras abandonadas. Con sus puertas abiertas de par en par y sus marcos de ventana que alguna vez tuvieron cristales, se parecían a esqueletos con bocas desdentadas y órbitas vacías. Desparramaban una atmósfera de duro terror con su calma de cementerio, un silencio roto sólo de tiempo en tiempo por los sonidos de los nazis derribando paredes y rasgando pisos abiertos en busca de los tesoros ocultos que los judíos deportados supuestamente olvidaron.

Así era la atmósfera, pesada, con el temor constante, en la que los judíos trataban de acomodar su vida. La intención de las autoridades era mantener a sus víctimas asustadas en un estado de suspenso permanente. Cada día traía una nueva regulación, pero tan disfrazada que los judíos no eran capaces de sospechar su intención. Así, a menudo resultaba que un envío de alimento llegaba justo antes de "una evacuación parcial", o en vísperas de una ejecución en masa.

De este modo sucedieron las cosas en ese Purim trágico que estoy describiendo. Sólo el pálido sol, que se oculta detrás de las casas de Gueto, emite una débil luz que se filtra en las azoteas congeladas como procurando derretir el hielo del invierno que hay sobre ellas.

¿A quien se le habría ocurrido que este día era Purim, la más feliz de las fiestas judías? Quizás algunos lograron mantener la pista del tiempo; los que mantenían su Judaísmo con una devoción llena de abnegación aún en las condiciones más inhumanas, o aquellos individuos excepcionales que echaban un vistazo a los periódicos clandestinos pasados de contrabando al Gueto por algunos trabajadores polacos y judíos. Entre los "contrabandistas" que lograban ingresar esta literatura al Gueto a riesgo de sus vidas, estaban nuestro amigo, el joven activista sionista Feivel Steinberg, bendita sea su memoria, cuyo propio optimismo ayudaba a muchos de los que estaban al borde de la desesperación.

Cuando, durante aquel día triste de invierno, un camión que llevaba a policías armados, disparó frente a la casa de la calle Jerozolimska 12, la oficina central del Comité de Gueto, nadie sospechó que este sería el principio de una orgía de asesinatos. Al contrario, allí apareció una tenue luz de esperanza, cuyo brillo débil disminuyó brevemente la penumbra del gueto. Había rumores que los judíos de varios guetos de Polonia estaban a punto de ser cambiados por ciudadanos alemanes que vivían en Palestina, en Sharona, una colonia fundada por los Caballeros Templarios. Esta suerte corrieron Jacob Kurz, Rosenthal, y varios otros;[1]; a quienes se les habían permitido dejar el gueto de Piotrkow y seguramente llegaron a Palestina.

Los nazis procuraron que este rumor se extendiera ampliamente por el gueto. Ellos acentuaron que "por el momento", el privilegio "de repatriación" a Palestina a cambio de ciudadanos alemanes, sería limitado a diez judíos en total: cada uno tendría que demostrar que se había graduado en una casa de altos estudios. Durante esa tarde de Purim de 1943, el gueto estaba más vivo de lo que había estado en muchos días. Había una actividad insólita, en particular en el patio del llamado "Comité Judío", en la casa de Reder, que había sido designada como el punto de encuentro para los "pocos privilegiados" de quienes se dijo, eran elegibles para "la repatriación" a Palestina.

Los primeros en llegar al punto de encuentro fueron Stanislaw Silberstein y su rubia esposa. Siendo un rico abogado, asimilado e hijo de Wilhelm Silberstein, ex-Presidente de la comunidad judía de Piotrkow, era un personaje sumamente estimado antes de la guerra, así como también en los círculos de la intelectualidad polaca. De este modo, Stanislaw sabía mejor que nadie cuáles eran las verdaderas intenciones de los alemanes, y su reacción a las noticias que los alemanes estaban a punto "de cambiar" judíos por alemanes fue sacar un frasco de veneno. Él les pidió que cuidaran a su única hija.

El siguiente “privilegiado” en presentarse fue el Dr. Maurycy Brams. Con él estaban su esposa, su hija de cabellos oscuros y su cuñada (miembro de la familia Kagan). Este humilde pero eficiente y fiel líder comunal, cuyos descarnados rasgos ascéticos se iluminaban con sus ojos apacibles, había ayudado a sus necesitados colegas judíos al punto del sacrificio, en particular desde el estallido de la guerra. A diferencia de Silberstein, Brams tenía un gran espíritu. Estaba seguro de que estaba a punto de ser enviado a un país donde no sólo sería liberado e independiente, sino que estaría en posición de ayudar a los judíos que quedaron en el gueto.

El humor de Szymek Stein era completamente diferente. Este brillante joven abogado judío que rebosaba vida e ingenio, había sido educado en el instituto judío y era un activo sionista. En cuanto llegó al punto de encuentro, tuvo a una premonición sobre lo que los alemanes realmente planificaban hacer, y trató de escaparse - demasiado tarde, lamentablemente.

También entre "los pocos privilegiados" estaba el psiquiatra León Glatter. En total, habían sido "seleccionados" diez individuos para "el cambio". En cuanto los "repatriados" fueron subidos al camión que los esperaba, el humor en las calles del gueto se puso tenso. Los pocos "afortunados" fueron seguidos por los curiosos, que buscaban las imágenes de los que tuvieron que permanecer atrás.

El camión con los “repatriados” giró en dirección de la calle Sulejowska. Supuestamente debía tomar hacia Radom, la ciudad cabeza de distrito a la que pertenecía Piotrkow durante la ocupación nazi. Allí, debían sumarse a un gran transporte de “privilegiados" de otros guetos y salir juntos al viaje hacia la libertad.

La mañana siguiente amaneció oscura y sombría en el Gueto. Los judíos de repente se enfrentaron con los increíbles informes de espeluznantes escenas en el cementerio judío. La gente daba espantosos detalles sobre el destino corrido por los "privilegiados". Con el objeto de hacer una adecuada producción, los verdugos nazis imitaron el cuento en el Libro de Esther sobre la ejecución de los diez hijos de Haman - pero, a las diez víctimas judías, ellos habían añadido uno más [2].

Todos los peces gordos nazis del distrito Piotrkow se juntaron en la fosa común, rodeada por guardias civiles, policías, y oficiales de ejército, con sus ametralladoras listas. Bebieron, celebraron y aún leyeron una parodia obscena del Libro de Esther antes de la matanza de los "repatriados".

La policía polaca, que había estado presente en el cementerio, recordó más tarde las horribles escenas de las que había sido testigo: cómo se había derrumbado el Doctor Brams cuando vio que su hermosa hija era arrastrada a la fosa común, y cómo Szymek Stein había apelado a la conciencia del jefe de policía Nazi para no tomar la vida de seres humanos inocentes. Pero los corazones de los alemanes habían permanecido fríos a sus súplicas. Todo lo que dijeron los oficiales nazis fue, "cumplimos órdenes" y esto con una mueca cínica, satánica.

Para apartar cualquier sospecha que los judíos podrían haber tenido, los alemanes los condujeron por todas partes de la ciudad hasta la caída del sol. Sólo bajo el amparo de la oscuridad finalmente los llevaron rápidamente al cementerio, donde aún los optimistas del grupo perdieron la última de sus ilusiones.

Las lágrimas para los Mártires de la matanza de Purim aún no se habían secado cuando llegó una nueva ola de ejecuciones en masa. Docenas de judíos jóvenes, vibrantes, fueron asesinados a tiros, incluyendo algunos que más tarde fueron encontrados llevando pasaportes "arios" falsos.

Y entonces el sufrimiento de los judíos se prolongó como una gruesa cadena, bañada en sangre, día a día, sin dejar ningún descanso para contemplar lo que había pasado ese día, o aún una hora antes, en las palabras de nuestros Sabios, "las últimas penas hacen que las anteriores sean olvidadas" (Ber.13).

Hasta ese día nos abrimos paso en un enorme mar de lágrimas por las horribles muertes y los indecibles sufrimientos de las millones de víctimas - nuestros padres y madres, hermanas y hermanos, mujeres y maridos y niños, y otros seres queridos - cuyo lugar de descanso final desconocemos y para quienes no se ha compuesto ninguna endecha. A aquel diluvio de lágrimas añadiremos otras más para los diez Mártires de Piotrkow.

Notas a pie de página:

  1. Kurz, Rosenthal e Itzkowitz, oriundos de Piotrkow, habían emigrado a Palestina como pioneros mucho antes de la guerra. Regresaron a sus hogares para visitar parientes, sólo para encontrarse varados en Polonia cuando estalló la guerra. Gracias a los esfuerzos hechos por amigos en Palestina, se les permitió a esos hombres regresar a cambio de alemanes que había estado viviendo allá. Posteriormente, el difunto Jacob Kurz escribió el Libro de Testimonio (en hebreo), una historia documental de las tempranas fases de la destrucción de la judería polaca.
  2. Se debe tener en cuenta que los que se suponía completaban el quórum, o el presunto decimoprimero, nunca fueron identificados. Los rumores acerca de que el guardia judío y su esposa estaban entre ellos, resultaron ser falsos. Sin embargo, según algunos informes, la madre de Szymek Stein pudo haber ido con él.

El Tema de la Resistencia

por Ben Giladi


Primero nos agrupamos en el gueto de Piotrkow. Lentamente, edicto por edicto, el enemigo reclamó nuestra dignidad, nuestra propiedad, nuestra fuerza y nuestras vidas. Al principio no comprendimos. Entonces rezamos. Entonces aceptamos. Pero gradualmente aprendimos cómo resistirnos porque compartíamos un sueño común - el sueño de supervivencia.

Con el establecimiento del gueto, las necesidades más apremiantes eran alimentos y vivienda debido a que había aumentado la población, de la cual el 45% eran otras almas judías de las áreas incorporadas al Reich. Para sobrevivir, muchas personas comenzaron a introducir en el gueto alimento de contrabando a cambio de dinero, ropa y otros artículos de valor. Muy pocas panaderías funcionaban legalmente. Para suministrar la demanda diaria de pan, comenzaron a aparecer docenas de pequeñas panaderías ilegales. Los carniceros, a pesar de las estrictas órdenes de prohibición, suministraban la carne.

Dichas actividades estaban penadas con la muerte, muchos pagaron el precio siendo arrestados y deportados, entre ellos el matarife Yehoshua Lerner y el carnicero Berek Pudlowski, quienes fueron detenidos cuando llevaban una vaca (viva) para la matanza.

El soborno era un factor importante para desobedecer las reglas draconianas del opresor. Por ejemplo, en 1940, un grupo grande de jóvenes fue deportado a varios campamentos de trabajo en el área de Lublin. Un hombre llamado Gomberg fue enviado por el Consejo y consiguió su liberación a cambio de una gran suma de dinero pagada al monstruo de las SS, Dolf.

Satisfacer las demandas de extorsión por parte de los Alemanes era una difícil tarea. El 2 de diciembre de 1939, le ordenaron al Consejo entregar mil hombres por día para trabajos forzados y pagar sus salarios. Además, las constantes demandas de pianos, pieles, muebles, etc., más tres contribuciones en efectivo por un total de trescientos noventa mil zlotys (moneda polaca), afligían enormemente a la gente. En enero de 1940, el Stadtkommissar exigió todo el cuero y las telas de las tiendas judías. El Consejo entonces emitió varios memorandos a los inquilinos describiendo la desesperada situación y solicitando que la comunidad ahorre.

La gente también respondió con desafío. Vendieron o regalaron las pieles y otros artículos prohibidos a los polacos o simplemente los destruyeron.

El Consejo comenzó el reparto de beneficencia y ayuda médica en el gueto - cocina para los necesitados, distribución de leche para bebés y niños, refugios, clínicas y muchas otras instalaciones. A pesar de las duras condiciones de vida, se organizaron algunas actividades culturales.

La gente de algún modo trataba de mejorar su existencia sombría. Había bibliotecas ilegales, proporcionando un fuerte intercambio de libros; los grupos de teatro de aficionados eran activos y funcionaban, de tanto en tanto, ante un público seleccionado. Los músicos interpretaban, sobre todo, música de cámara

El gueto fue establecido en la parte más vieja y más monótona de la ciudad. Todos los parques y jardines se encontraban más allá de nuestro alcance. En 1940, se organizó una escuadrilla especial de "nuevos" jardineros. Ellos pusieron flores y plantas, embelleciendo los sombríos patios traseros y plazas del gueto.

La gente religiosa, en desafío de las reglas, cuidaba el sábado y las festividades tanto como era posible. Un grupo de activistas ortodoxos fue responsable de salvar libros santos y escrituras. Consiguieron salvar más de trescientos objetos religiosos del sacrilegio.

Un capítulo aparte de coraje y dedicación fue escrito por los maestros del gueto. Apenas cayeron las sombras en 1939, comenzaron sus inmensas e importantes actividades. Algunos se unieron a las fuerzas y mantuvieron un sistema educativo regular conducido en el más estricto secreto. Cualquier movimiento en falso invitaba a serias consecuencias. Se les pidió a los jóvenes ingresar a los pisos uno por uno llevando sus cuadernos debajo de la ropa. A veces había que interrumpir la clase en la mitad y dispersarse rápidamente cuando los alemanes recorrían la calle. La educación clandestina fue una de las expresiones más fuertes de resistencia pasiva.

Varias organizaciones siguieron sus actividades en el gueto. Naturalmente, eran limitadas. El movimiento Bund llevaba a cabo reuniones regulares y mantenía un contacto cercano con su Comité Central en Varsovia, recibiendo literatura clandestina y lineamientos para una eventual resistencia activa. En julio de 1941, una mensajera polaca clandestina, María Szczesna, fue detenida por la Gestapo llevando publicaciones ilegales y los nombres de la mayor parte de los del Consejo como activistas clandestinos. Los alemanes estudiaron quiénes estaban implicados en la resistencia y en los esfuerzos de rescate. Poco tiempo después, algunos de los miembros del Consejo fueron detenidos, entre ellos el presidente Zalman Tenenberg, el tesorero Zalman (Stach) Staszewski, Maierowicz, Fraint y otros. Uno de ellos, Jacob Berliner, se rindió a los alemanes por su propia voluntad en solidaridad con los colegas detenidos. Ellos fueron enviados a Auschwitz, y, poco después, llegó un telegrama anunciando que todos habían muerto.

A pesar de la pérdida de los líderes más importantes, un grupo de jóvenes activistas del Bund se mantuvo en contacto con Varsovia. Aún en 1943 recibieron grandes sumas de dinero y panfletos clandestinos. Todo esto era distribuido entre sus miembros.

Muchos otros fueron arrestados y asesinados por posesión ilegal de material, entre ellos Itka Lipnicka, Niusia Modkowicz y Lusia Weishoff. Lolek Kon perdió su vida por poseer una sátira picante sobre Hitler y Stalin.

El movimiento Hashomer Hatzair también continuó su labor en el gueto. En febrero de 1940, un emisario de Warsaw Hanhagah Rashit – Defensa Central de Varsovia – llegó a Piotrkow. Su nombre era Mordechai Anielewicz; que más tarde se convirtió en el comandante del Levantamiento de Gueto de Varsovia. Su misión era la de extender el evangelio de la resistencia. Después de su visita, se mantuvo el contacto con Varsovia y Jakov Aronowicz, el jefe del Ken (literalmente “nido”, centro de actividades para la juventud judía) en Piotrkow, asistió a una reunión conspiratoria en Varsovia que trató sobre el comportamiento y la futura política de resistencia. Se usó un código especial para las comunicaciones con Varsovia. Después de la guerra, las cartas en dicho código, escritas por Aronowicz y Zarnowiecki, fueron encontradas en los archivos subterráneos del gueto.

Movimientos como Betar, Hanoar y otros también mantenían reuniones y discusiones. Los temas eran principalmente la resistencia y la libertad.

Hubo varios intentos de resistencia activa en el gueto de Piotrkow. Mencionaremos el brote heroico de Goldberg y Liberman, miembros de Betar. En su lugar de trabajo, entraron en contacto con un capataz polaco. A cambio de una suma exorbitante, el hombre estaba dispuesto a entregar armas y municiones y también uniformes de los bomberos. Él reclamó ser miembro de una unidad de Armia Krajowa (Ejército Nacional) y prometió un paso seguro a su escondite en un bosque cercano.

Un día determinado, el capataz entregó las armas y los uniformes. No les dijo a los jóvenes que las balas estaban vacías. A la medianoche, los cinco jóvenes cruzaron el muro del gueto. El hombre los condujo al bosque Sulejow y los dejó allí. Enseguida fueron rodeados por alemanes. Siguió una lucha armada. ¿Pero cómo lucha usted contra el enemigo con balas vacías? Rápidamente fueron capturados, algunos heridos. La Gestapo los llevó para un doloroso interrogatorio. Shmuel Katz, el fabricante de sombreros que hizo los gorros de los bomberos, y Szymek Nyss, quien les ayudó a cruzar el muro del gueto, fueron implicados. Estos siete hombres valerosos fueron llevados al cementerio judío y fusilados.

Algunos jóvenes lograron incorporarse a la Resistencia polaca. Uno de ellos , Julek (Kazik) Szmulewicz (Pequeño), se escapó de Bugaj y fue aceptado por una unidad Armia Ludowa (Ejército Popular), una fuerza de lucha con orientación de izquierda cuya política era ayudar a los judíos. Con ellos, luchó contra el enemigo y, luego de la guerra se convirtió en oficial del Ejército Polaco. Heniek Goldhersh (alias Wywra) y Heniek Ryterband se escaparon de Bugaj y se unieron a diferentes grupos de la Armia Ludowa. Unos días antes de que el frente ruso alcanzara Piotrkow en 1945, ellos combatían contra los alemanes en el bosque de Milejow. Heniek Goldhersh perdió su vida, Heniek Ryterband, sobrevivió.

Al mismo tiempo, otro joven también escapó de Bugaj. Su nombre era Motek Szteinberg. Tuvo dificultades para establecer contacto con la resistencia y regresó al campo. Milagrosamente, no fue asesinado por Dietrich o Fisher y sobrevivió el Holocausto. Perdió su joven vida en 1948 defendiendo el kibutz Degania a las orillas del lago Kineret.

Es imposible mencionar todas las historias de valor en un corto ensayo. La historia enseña que hay dos maneras de resistir – activa o pasivamente. La resistencia activa es posible cuando la voluntad aparece en suficientes personas como para hacer el sacrificio supremo por el honor y la libertad. Sin embargo, el apoyo del exterior es una condición indispensable.

Durante siglos, los judíos de Polonia fueron dispersados entre masas hostiles, a veces reaccionarias y parciales. Cuando llegaron los alemanes, estuvimos contenidos en guetos, donde la aniquilación podría continuar rápidamente casi sin previo aviso, aún sin la remota posibilidad de resistencia. También estábamos solos y fuimos cruelmente engañados. Todavía hoy, no podemos librarnos del horrible sentimiento de aislación que experimentamos tan profundamente en aquel tiempo. Poner un pie fuera del gueto quería decir ser cazado día y noche. Y del mundo exterior, en respuesta a nuestros gritos, sólo había silencio.

El camino a la supervivencia que instintivamente tomamos, era el único posible. Los que nos culpan hoy por nuestra falta de resistencia activa entonces, sólo tratan de cubrir sus propias conciencias culpables y los momentos oscuros de la historia de humanidad, cuando el mundo estaba de pie en silencio.